21 Verdad

El concepto de verdad, en principio, no parece ser muy problemático: es verdad que hay un gato junto a mí si realmente hay un gato junto a mí. Sin embargo, a pesar de la importancia del concepto y del intenso debate filosófico, todavía no se ha alcanzado un consenso filosófico sobre qué queremos decir cuando afirmamos que algo es verdadero.1301

Ya comentamos que el concepto de verdad es heterogéneo, que es distinto referirse a verdades matemáticas, morales o factuales. Este capítulo profundizaremos sobre la cuestión relativa a las verdades factuales, es decir, a las relacionadas con el mundo externo.

Además, es necesario reconocer que la relación de la ciencia con la verdad es sutil ya que los científicos, en muchas ocasiones, se conforman con trabajar con modelos aproximados. Por ejemplo, los ingenieros que enviaron a Armstrong a la Luna utilizaron la física newtoniana a pesar de disponer de una teoría empíricamente superior. El conocimiento cotidiano tampoco está exento de este problema ya que, al fin y al cabo, cuando afirmo que hay un gato junto a mí, estoy utilizando el término “gato” para referirme a un patrón real muy complejo que podría elegir describir con una precisión mucho mayor. Pero dejemos el problema de las vacas esféricas al margen y centrémonos en el debate tal y como lo han planteado los epistemólogos y lógicos.

21.1 Correspondencia y empirismo

Según la teoría de la correspondencia, la verdad reside en la relación entre la creencia y el mundo externo: son verdaderas aquellas creencias que se corresponden con la realidad.1302 Esta es una propuesta que fue planteada por Platón en el Crátilo y el Sofista y que Aristóteles describió del siguiente modo: “Es falso decir de lo que es que no es y de lo que no es que es, mientras que es verdadero decir de lo que es que es y de lo que no es que no es.” Es decir, son verdaderos aquellos aspectos del mapa que se corresponde con el territorio.

Esta definición clásica continúa siendo aceptada por muchos filósofos actuales,1303 aunque, como comentaremos, los proponentes de las otras teorías sostienen que los aspectos más relevantes de esta correspondencia pueden derivarse como corolario de sus otras propuestas.1304 Además, es necesario reconocer que esta teoría conlleva limitaciones que son muy relevantes para la filosofía de la ciencia.

Tal vez el principal problema surja al aceptar que no tenemos un acceso directo al territorio. Lo que hacemos es recibir información del mundo externo y, teniéndola en cuenta, creamos representaciones en nuestra mente.1305 Por lo tanto, si para decidir si una afirmación es verdadera o falsa hemos de recurrir a compararla con el territorio, pero este no es accesible directamente, de modo que, en realidad, estaremos comparando distintas creencias entre sí.

A la tesis de que lo único que podemos percibir directamente son representaciones mentales, pero no el mundo externo, se le denomina ideismo.1306 Esta tesis fue defendida por los empiristas británicos, como Locke y Hume, y no es muy controvertida. El ideismo no es una tesis metafísica, sino, simplemente, una teoría sobre el funcionamiento de nuestra percepción y nuestra mente, no niega la existencia de los objetos externos y no debe confundirse con los idealismos filosóficos.

Podemos reflexionar sobre la labor de nuestra mente haciendo una analogía con el quehacer de Eratóstenes. Uno de los cometidos del encargado del Museo consistía en cartografiar el mundo conocido. Imaginemos a un Eratóstenes, retenido en Alejandría por sus diversas responsabilidades, que crearía sus mapas basándose en la información recabada por su equipo de emisarios. En este caso Eratóstenes crearía y contrastaría sus mapas sin tener un acceso directo al territorio. Esta es más o menos la posición de nuestra mente que, basándose en la información recibida a través de los sentidos, construye modelos sobre el mundo externo. ¿Cómo puede sostenerse entonces la teoría de la correspondencia si todo lo que tenemos en la cabeza son mapas? En todo caso, podríamos comparar unos mapas con otros o podríamos enviar nuevos emisarios a hacer alguna comprobación adicional, pero nunca podríamos comparar un mapa directamente con el territorio.

Además, en la práctica, tampoco es trivial cotejar diferentes modelos del mundo externo. Por ejemplo, no es fácil comparar los modelos cuántico, relativista y newtoniano del mundo físico. Hemos de proceder cotejando predicciones de los mismos relativas a diferentes aspectos o, si somos capaces, evaluando la diferencia general de sus estructuras lógico-matemáticas. Sin embargo, como este es un asunto que nos desviaría del tema que nos ocupa en este capítulo, lo dejaremos apartado.

Las limitaciones de la teoría de la correspondencia tienen interesantes consecuencias científicas. Por ejemplo, ¿en el tiempo de Aristarco era verdad que la Tierra se movía? Según esta propuesta, puesto que las ideas de Aristarco se correspondían con la realidad externa eran verdaderas. Aunque, insisto, esta correspondencia era aproximada, pero por ahora obviaremos este detalle. En cualquier caso, en aquel momento, había evidencias empíricas que parecían contradecir el modelo heliocéntrico, no se observaba ninguna consecuencia del supuesto movimiento terrestre: no había grandes vientos y no se observaba paralaje en los astros a lo largo del año. Por lo tanto, la propuesta de Aristarco no estaba más justificada que cualquiera de los otros modelos geocéntricos. Lo máximo que se podía decir en su favor es que explicaba las mismas observaciones utilizando un modelo geométricamente más sencillo y que al aceptarla había que asumir un par de anomalías serias que se esperaba solucionar en el futuro. Por lo tanto, desde el punto de vista de alguien que dispusiese de las evidencias que se manejaban en aquel tiempo, la propuesta de Aristarco no era más racional que los modelos heliocéntricos. Un defensor de la teoría de la correspondencia, sin embargo, podría aducir que a pesar de que en la época no podía saberse, el modelo de Aristarco era el verdadero puesto que la realidad externa era la misma entonces, la Tierra, al fin y al cabo, se movía, y, por lo tanto, haciendo las investigaciones necesarias, eventualmente, se podría llegar a decidir qué modelo se correspondía con el territorio. Esto es aceptable, pero conlleva un alto precio ya que implica asumir que hay aspectos desconocidos del mundo externo. Si admitimos este problema podríamos decir que el modelo de Aristarco era tan verdadero entonces como lo es ahora porque la verdad depende del territorio, pero, al mismo tiempo, hemos de aceptar que Aristarco no podía justificar que su modelo era verdadero.

En este sentido parecería que, en realidad, la teoría de la correspondencia añade poco a la admisión de que la información recibida del mundo externo ha de tener la última palabra. Simplemente estaríamos reafirmando nuestro compromiso con el empirismo, pero continuaríamos sin haber explicado qué queremos decir al afirmar que una teoría es verdadera. ¿Por qué Aristarco no estaba justificado para decir que su modelo era verdadero y ahora sí lo estamos? El lector podría pensar que sería verdadero aquello que tiene una justificación suficientemente sólida y que, por lo tanto, es aceptado por la comunidad, pero esta no es la propuesta empirista sino la pragmática.

Por otro lado, la teoría de la correspondencia se asocia habitualmente con el fundacionismo. Esta propuesta sostiene que el conocimiento se asienta sobre unas bases infalibles, por ejemplo, sobre la lógica y los hechos. El problema es que, como hemos visto, incluso los hechos, aunque son evidencias que merecen una confianza especialmente elevada, también son falibles. El conocimiento no se apoya sobre fundamentos graníticos infalibles, sino, más bien, sobre un cenagal que debemos pisar con sumo cuidado.1307 Tanto los pragmatistas como los coherentistas, dos de las corrientes que plantean alternativas a la correspondencia, incorporan en sus propuestas esta limitación: cualquier creencia es falible y revisable. Incluso las reglas de inferencia que se aceptaban en el pasado han tenido que refinarse.

21.2 Es verdad lo que es coherente

Imaginemos que nos encomiendan la misión de detectar personas contagiadas por un virus. Disponemos de diferentes pruebas diagnósticas moleculares como Reacciones en Cadena de la Polimerasa (PCR) y pruebas de detección de anticuerpos y de antígenos. Además, por supuesto, un médico experto podría evaluar la sintomatología de cada individuo. Ahora supongamos que hacemos una PCR a un individuo completamente asintomático y obtenemos una señal positiva. ¿Debemos concluir que el resultado de la PCR es un falso positivo o, por el contrario, que la persona sí está contagiada, pero que, simplemente, no tiene síntomas?

En este caso la teoría de la correspondencia no nos ayudaría demasiado, la persona estará infectada o no lo estará, pero no tenemos forma de comparar directamente nuestras ideas con la realidad externa. Lo que sí podemos hacer es repetir la PCR y encargar pruebas de detección de antígeno y anticuerpos complementarias. Una vez dispongamos de todos los resultados, podemos reevaluar la situación considerando el conjunto de evidencias. Será la red completa de evidencias y de inferencias basadas en ellas la que nos permita alcanzar una conclusión.

Los coherentistas proponen que es verdad aquello que encaja en una teoría coherente, que la verdad consiste, precisamente, en la coherencia de la red de creencias.1308 El modo de saber si un pensamiento es verdadero es analizar cómo encaja con el resto de creencias de la red. La esperanza es que, eventualmente, podamos conseguir llegar a tener una red de creencias coherentes sobre el mundo externo. El coherentismo tiene la ventaja no poner el énfasis en un territorio externo al que no podemos acceder directamente.

Además, esta teoría tiene otra virtud importante: mantener creencias arbitrarias que no encajan con el resto de la red viola un estándar epistémico. Por ejemplo, la creencia de que el universo tiene sólo 6000 años de antigüedad es incoherente con las evidencias geológicas, con la física nuclear, con la paleontología y con la historia de las civilizaciones y esto es negativo.

Otra ventaja de esta teoría es que no exige que asentemos el conocimiento sobre bases infalibles. Este es un problema que ya planteamos al comentar las impresiones cognitivas estoicas. Para el coherentista la fuerza de la creencia depende de sus conexiones con el resto de la red de creencias, no de unos hechos infalibles concretos.

Un aspecto importante a tener en cuenta es que, si estamos estudiando el mundo externo, algunas de las creencias de la red habrán de estar ancladas empíricamente con ese mundo; deben estar justificadas por información recibida desde el territorio. La coherencia, por sí misma, es un criterio excelente para sistemas formales, pero si deseamos que la estructura de la red sea útil para manejarnos en el mundo externo debe incorporar información empírica.1309 Esta influencia empírica puede permear la red de creencias gracias a que la creación muchas percepciones y creencias está influida, fundamentalmente, por la información que nos llega del mundo externo.1310 Es decir, la red debe incluir creencias coherentes e información recabada en el mundo externo y, gracias a ello, su estructura servirá como guía para movernos por el territorio.

Este anclaje empírico no estaría basado en fundaciones absolutamente sólidas. Cada uno de la multitud de hilos de unión lanzados desde distintos puntos de la red de creencias con el mundo externo puede ser más o menos falible, pero la coherencia de la red aporta una gran robustez.

En relación al coherentismo los filósofos suelen mencionar el problema de las múltiples posibles redes coherentes. Existen distintos posibles modelos mentales coherentes. Sin embargo, la inclusión de evidencias empíricas fuerza a que la estructura de cualquier red que aceptemos sea aproximadamente similar, por ejemplo, no habrá redes coherentes que puedan incluir unicornios rosas. Aunque es cierto que nunca conseguiremos reducir el número de redes aceptables a una sola; el problema de la subdeterminación no puede ser eliminado completamente y esto tiene una consecuencia extraña para los coherentistas, deben aceptar que, incluso aunque se asuma un único mundo externo, hay distintas posibles verdades,1311 tantas como redes coherentes puedan construirse. Aunque no es menos cierto que estas redes alternativas, en las regiones más ricas en conexiones con el mundo externo, tendrán estructuras bastante similares. Este punto volveremos a discutirlo en el capítulo dedicado al estructuralismo.

21.3 Son verdaderas las conclusiones de una comunidad racional

Los pragmatistas analizaron la verdad desde otro punto de vista. Estos filósofos se centraron en el proceso de investigación y propusieron que son verdaderas aquellas conclusiones que han terminado siendo consensuadas tras una investigación rigurosa.1312 Según estos pensadores es la investigación sistemática la que hace que nuestras creencias vayan convergiendo paulatinamente con la realidad.1313 Según Charles Sanders Peirce (1839 - 1914), uno de los grandes representantes del pragmatismo, es verdadero aquello que la comunidad, eventualmente, acaba consensuando. Peirce pensaba que la verdad no puede asociarse, como propone la teoría de la correspondencia, con un punto de vista que sólo un dios omnisciente podría tener, sino que tiene que ser el resultado de un proceso de investigación cuidadoso.1314

Además, resulta notable que los pragmatistas se anticipasen a Kuhn al defender que la autoridad no reside en el individuo o en la normatividad epistémica, sino en la comunidad. El consenso es mucho más fiable que cualquier creencia individual. Esta es una idea que hemos ido encontrando repetidamente. Por ejemplo, para el científico moderno las evidencias interesantes eran las intersubjetivas: no es que yo diga que estoy viendo al gato, sino que todo el que lo desee puede observar el animal.

Una consecuencia de esta propuesta es que para que se pueda hablar de verdad debe alcanzarse mediante un diálogo racional un acuerdo. De esto se sigue otro resultado práctico: si deseamos saber cuál es la verdad sobre un asunto determinado hemos de investigar si la comunidad de expertos relevante ha alcanzado un consenso. Recordemos que, debido a los inevitables errores científicos, a las malas prácticas y al fraude, ningún estudio aislado es definitivo. Esta es una idea que los no expertos deberíamos hacer bien en recordar. Seguir el tráfago diario de un área científica, que es lo que suelen hacer los periodistas, puede llegar a confundir. Tal vez para el no experto sea mejor leer sobre ciencia establecida, sobre asuntos ya consensuados.1315 Yo, particularmente, prefiero leer sobre la evolución de la teoría de la relatividad desde Lorentz a Einstein que invertir mi tiempo en navegar la confusa tormenta de las noticias científicas cotidianas.

Sin embargo, como no podía ser de otro modo, esta confianza en los consensos no está exenta de problemas. Por un lado, los pragmatistas asumían que el consenso puede estar equivocado, es falible y, en algún momento, puede ser reemplazado. Además, para el experto el consenso no es una guía infalible ya que es capaz de evaluar las evidencias y las inferencias e, incluso, proponer una revisión del mismo. Al fin y al cabo, muchas de las nuevas ideas aparecen gracias a voces discrepantes dentro de la comunidad. Galileo estaba menos preocupado por los consensos que por las justificaciones racionales basadas en sólidas evidencias empíricas y Kepler escribió: “prefiero la crítica aguda de una sola persona inteligente que la irreflexiva aprobación de la masa.” Eso sí, es muy importante recordar que tanto Galileo como Kepler habían hecho los deberes, formaban parte de la comunidad de expertos, conocían todos los detalles relevantes de su posición y de la de sus rivales intelectuales. Además, como ya hemos discutido, tras una corta deliberación el grueso de la comunidad asumió las justificaciones galileanas y rechazó el modelo ptolemaico. El investigador propone y la comunidad, eventualmente, tras una deliberación, que ha de ser racional, dicta sentencia.

Es importante recordar que el diálogo racional está dificultado por los incentivos perversos a los que está sometida la comunidad. Si estos incentivos son capaces de convertir este diálogo en una actuación teatral vacía de contenido, el consenso comunitario valdrá menos que una flatulencia del Gran Poni Rosa. Por ejemplo, la Iglesia Católica ha conseguido mantener durante siglos amplios consensos sobre la transubstanciación de las hostias ocurrida durante la comunión, sobre la naturaleza de la santísima trinidad o sobre el pecado original y nada de esto parece estar relacionado con el mundo existente fuera de la cabeza de sus teólogos. Es importante reconocer qué consensos son puramente internos. Una buena recomendación es confiar sólo en los consensos que no han sido contradichos por otras comunidades independientes de investigadores rigurosos. En cualquier caso, es importante recordar la necesidad de defender una cierta normatividad epistémica. En esto tal vez haga más énfasis el coherentismo. De hecho, por mucho que una comunidad concreta se empeñe en defender una conclusión estúpida, cualquier experto ha de poder cuestionarla siguiendo la lógica y las evidencias. La justificación del conocimiento y el concepto de verdad están obligados a guardar un equilibrio entre la autoridad de las comunidades de expertos y los estándares epistémicos.1316

21.4 Es verdad lo que funciona

Los pragmatistas también reflexionaron sobre otro aspecto del conocimiento, su relación con la acción sobre el mundo externo. Si deseamos conseguir buenos mapas es, precisamente, para poder movernos con éxito en el territorio.1317 El conocimiento del mundo externo implica una disposición para la acción; se obtiene con el objetivo de intervenir con éxito sobre el mundo. En este sentido sería verdad aquello que funciona. Los buenos mapas son aquellos que nos permiten planificar expediciones exitosas y aquellas creencias que conducen a acciones fallidas son erróneas.

Esta relación entre verdad y acción fue adelantada por muchos filósofos. Recordemos, por ejemplo, que esta fue, precisamente, la mayor autocrítica de los escépticos helenísticos: renunciar a la posibilidad de conocimiento implicaba renunciar a la capacidad de acción.

En este momento viene bien recordar una lección del aprendizaje automático, el área a caballo entre la estadística y las ciencias de la computación que trata de crear algoritmos capaces de encontrar patrones en las evidencias. Los investigadores de esta disciplina son muy conscientes de que conviene no confiar en los modelos creados por estos algoritmos estadísticos hasta que su éxito es contrastado con conjuntos de datos independientes. El problema es que es habitual construir modelos justificados por las evidencias disponibles, pero que después carecen de valor predictivo. Esto es lo que sucede, por ejemplo, cuando en un análisis estadístico nos topamos con el problema del sobreajuste. Un modelo sobreajustado, aparentemente, refleja la estructura contenida en la información que se utilizó para crearlo, pero, en realidad, su estructura incluye detalles espurios sin valor alguno. El mejor modo de separar estos modelos sobreajustados de los útiles consiste, precisamente, en contrastar sus predicciones con información independiente. En este sentido serían verdaderos aquellos modelos capaces de hacer predicciones válidas sobre la estructura de los nuevos datos. Esta es una idea muy relacionada con la disposición para la acción del conocimiento. Sería conocimiento aquello que nos permite hacer predicciones capaces de guiar nuestras acciones con éxito. Recordemos también que esto es, precisamente, lo que hacen los seres popperianos, modelar el mundo externo para poder predecir el resultado de sus acciones.

Estas ideas están también estrechamente relacionadas con el método hipotético-deductivo, así como con el éxito operacional de la ciencia. Si no contrastamos de algún modo nuestras hipótesis, nos arriesgamos a tener un modelo, tal vez justificado por las evidencias disponibles, pero que, en realidad, no se corresponde con la estructura del mundo externo. Esta es otra limitación fundamental del conocimiento derivada del salto inductivo.

La relación con la teoría de la correspondencia también es estrecha. Podría decirse que se corresponden con el mundo aquellos modelos que nos permiten actuar con éxito sobre la realidad externa. No tenemos un acceso directo al mundo externo, pero sí la capacidad de ir sondeándolo.1318 Además, dado que la realidad es aquello que es independiente de nuestras creencias, puede que nuestras predicciones tengan éxito o que fallen. Esta es una idea que debe ser conservada por cualquier teoría relativa al conocimiento del mundo externo. Eratóstenes no tenía en su cabeza el territorio del imperio, pero sí podía enviar emisarios para hacer comprobaciones adicionales. Esto nos permite recuperar los aspectos más valiosos de la teoría de la correspondencia sin exigir una perspectiva omnisapiente. No podemos salir de nuestras mentes, pero nuestras mentes sí pueden interaccionar con el mundo externo, de hecho, este es, precisamente, uno de los objetivos principales del conocimiento del mundo externo. Estas cuestiones volveremos a tratarlas en los capítulos siguientes, los dedicados a los aspectos más metafísicos.

No tiene sentido hablar de verdades factuales si no podemos conseguir que el mundo externo y nuestros modelos interactúen de algún modo. Por ejemplo, es muy difícil justificar que es verdad que existe un dios si, al mismo tiempo, asumimos que este dios tiene la capacidad de ocultarse hasta ser completamente invisible. Este último requisito implica que hablar de verdad, en este caso, carezca de sentido.

Sin embargo, esta tesis también plantea un problema, ¿cuándo podemos considerar que hemos contrastado suficientemente una hipótesis? En principio, cualquier hipótesis bien justificada debería ser capaz de reflejar parte de la estructura de los datos que hemos utilizado para construirla. Sin embargo, como estamos comentando, la justificación adecuada no garantiza que vaya a funcionar el modelo en otros conjuntos de datos. En cualquier momento lo que creíamos verdad podría desmoronarse; incluso nuestras creencias mejor justificadas son falibles. Además, recordemos que Hume nos avisó de que siempre estamos expuestos al problema de la uniformidad del cosmos: nuestros modelos sólo funcionarán mientras los patrones del territorio que nos han permitido generarlos se mantengan. Hume nos previno de que es imposible llegar a estar seguros de que nuestros modelos funcionarán en cualesquiera circunstancias futuras.

En cualquier caso, al menos, hemos de tratar de testar nuestras hipótesis con informaciones independientes recogidas en circunstancias variadas. Esta fue, precisamente, una de las principales innovaciones metodológicas planteadas por Galileo. Aquellos modelos que sobrevivan esta purga, al menos, habrán demostrado una cierta fiabilidad dentro del rango de circunstancias en los que los hemos comprobado.

Por ejemplo, la mecánica newtoniana fue comprobada con éxito con manzanas y planetas. Es esta contrastación la que permitió inferir que, en el futuro, probablemente seguirá funcionando con otros objetos similares. Evidentemente, cuando tratamos de extrapolar los modelos, de aplicarlos más allá de los rangos en los que fueron contrastadas, corremos un riesgo mayor. Esto es, precisamente, lo que sucedió con la mecánica newtoniana cuando se trató de aplicar a campos gravitatorios muy intensos.

Para los pragmatistas el proceso de investigación válido es aquel que conduce a generar creencias que terminan funcionando. Este es el motivo por el que, para los pragmatistas, la disposición para la acción y el proceso de investigación están relacionados.1319 La comunidad de investigadores va acumulando observaciones, haciendo experimentos y teniendo en cuenta qué predicciones son exitosas y cuales no y es esto lo que permite que su red de creencias vaya adquiriendo paulatinamente una estructura similar a la del mundo externo.

Se comienza con unas ideas y capacidades previas, como en el barco de Neurath, y, poco a poco, vamos modificando tanto unas como las otras.1320 Mientras que el coherentismo ponía el acento sobre la red de creencias y su relación con las evidencias empíricas, el pragmatismo nos recuerda que esta red debe ir actualizándose en base a los éxitos y fracasos de nuestras investigaciones.1321

Además, incluir el éxito operacional nos permite comprender como es posible que podamos modificar tanto las creencias relativas al mundo externo como las metodologías que utilizamos para generarlas. Seleccionaremos aquellos métodos que tiendan a generar conclusiones que suelen tener un mayor éxito. Esto es, en realidad, un metamétodo. Kuhn no pudo comprender cómo podían comparase paradigmas que difiriesen en las metodologías y esta es la respuesta a su problema: hay unas metodologías más fundamentales que nos permiten comparar el desempeño de las metodologías que utilizamos para hacer ciencia.

Este criterio es tan poderoso que podemos incluso prescindir de cualquier otra metodología de descubrimiento y justificación. Las evoluciones biológica y cultural son capaces de funcionar, precisamente, porque los éxitos y los fracasos de sus predicciones van haciendo que la estructura de sus saberes tácitos se vaya pareciendo cada vez más al territorio.

Este énfasis en la acción y el éxito operacional permite también justificar el conocimiento implícito. Si funciona es conocimiento, si no tiene éxito, no lo es. Hay autores que se resisten a denominar conocimiento a aquellas creencias que no puedan ser explicitadas puesto que consideran que hay una gran distancia entre la mecánica newtoniana y el conocimiento que permite al genoma del gato crear una máquina capaz de actuar sobre el mundo con el éxito suficiente como para reproducirse. A mí, francamente, esto no me molesta demasiado, pero estoy dispuesto a aceptar de buen grado otras propuestas terminológicas. Por ejemplo, se podría reservar la palabra conocimiento para lo explícito y el término saber para lo tácito. Aristóteles conocería, mientras que el herrero sabría.

En cualquier caso, las ideas pragmatistas recogen algo importante, nuestras creencias ayudan o dificultan las acciones encaminadas a satisfacer nuestros objetivos. Este es uno de los valores fundamentales de la ciencia; el conocimiento sirve para mejorar nuestras condiciones de vida. Esta utilidad complementa al puro deleite intelectual perseguido por los filósofos clásicos. Cuanto menor sea la distancia entre la estructura de nuestros mapas y la del territorio, más difícil será que nos despeñemos por un barranco. Si nos obcecamos en no ver al virus podremos vivir tranquilos unos días más, pero eso, al virus, le dará igual y acabaremos contagiados. La realidad es eso que te pega una hostia aunque te empeñes en cerrar los ojos, de hecho, es más probable que te la pegue si te empeñas en cerrarlos.

21.5 La verdad no es para tanto

En el siglo XX se planteó una nueva respuesta al problema de la verdad. Los deflacionistas argumentaron que si la pregunta es “en qué consiste la verdad” la respuesta debería ser: pues en poco. El deflacionismo sostiene que la verdad, en realidad, es redundante, que afirmar que algo es verdad no añade nada a la afirmación en sí y que, en todo caso, cualquier justificación de la proposición requerirá de argumentos extras.

Según esta propuesta las otras teorías de la verdad están tratando de explicar en qué condiciones estamos justificados para afirmar que algo es verdad, pero los deflacionistas consideran que esta es una cuestión diferenciada de la del significado del propio término.

Actualmente, esta es una postura muy popular, especialmente entre lógicos y filósofos analíticos.1322 No es casual que fuese Frege, uno de los grandes lógicos, quien notó está transparencia del concepto de verdad: afirmar que “hay un gato junto a mí” no es diferente que decir que “es verdad que hay un gato junto a mí.”1323

Decir que algo es verdad sería, en todo caso, una forma de asentimiento: estaríamos comunicando que nosotros creemos en el contenido de la proposición, pero esto no alteraría el significado de la proposición en sí.

21.6 Resumen

Las distintas teorías sobre la verdad inciden en aspectos complementarios del estudio de la realidad. Los deflacionistas nos recuerdan que debemos distinguir entre el significado del término y los criterios de justificación. La teoría de la correspondencia nos indica que, en última instancia, es la información sobre la realidad externa la que ha de dictaminar qué creencias son verdaderas; el compromiso con el empirismo es irrenunciable, el mundo externo debe ser el factor decisivo en la justificación. El coherentismo, por otro lado, nos recuerda que debemos esforzarnos por tener creencias coherentes. Esta es una norma epistémica fundamental: no es lógicamente válido defender ideas contradictorias. Esto puede parecer trivial, pero es muy difícil mantener un conjunto de creencias coherente. Lo que podemos pedirle a un pensador racional es que se esfuerce por ser coherente, aunque dudo que pueda conseguirlo del todo. Además, este énfasis en la coherencia alivia el problema del falibilismo, la red en su conjunto es más robusta que cualquiera de los hechos aislados.

Estas reflexiones acerca del concepto de verdad también nos han enseñado que si propusiésemos como definición que es verdad lo que se corresponde con el mundo externo, esa verdad metafísica será inalcanzable ya que sólo podemos aspirar a crear mapas justificados, no tenemos acceso directo al territorio. Por otro lado, cabe la posibilidad de proponer que es verdad aquello que está suficientemente justificado. Sin embargo, en este caso es muy importante hacer algunas puntualizaciones. Lo que vale es el consenso de la comunidad, no la propuesta de un investigador aislado y, además no todas las comunidades son epistémicamente respetables, sólo debemos considerar aquellas que promuevan activamente el diálogo racional. También es importante insistir en que, en cualquier caso, el empirismo ha de ser determinante en la justificación: nuestras creencias tienen que estar sustentadas por evidencias empíricas y, además, si es posible, debemos comprobar si nuestros modelos funcionan, si son útiles, si son capaces de hacer predicciones acertadas. Cuando la predicción no sea posible conviene recordar que somos más susceptibles al sobreajuste, por lo que habremos de buscar evidencias independientes que validen nuestros modelos. Por otro lado, no hay verdad sin consensos amplios, no es suficiente con que una comunidad decida aceptar una creencia: tampoco deben quedar pendientes críticas justificadas por parte de otras comunidades.

También hemos aprendido que hay una tensión entre las reglas epistémicas y los actores que hacen uso de ellas. Galileo pudo enfrentarse y acabar convenciendo a la comunidad porque sus propuestas estaban bien justificadas por los hechos y la lógica, no necesitó más, aunque, por otro lado, alguien debe juzgar las conclusiones y sus justificaciones y este juez ha de ser la comunidad. Si el resto de astrónomos no hubiese observado las fases de Venus o si hubiese considerado que ese hecho no bastaba para desterrar el modelo ptolemaico, la propuesta de Galileo habría sido olvidada. Es la existencia de normas epistémicas lo que posibilidad que hablemos de racionalidad, pero es la comunidad quien, eventualmente, emite el juicio en el que podemos confiar los que no somos expertos.