22 Realistas y antirrealistas

Es común pensar que los resultados científicos tratan sobre entidades reales, como los átomos y los electrones. El asunto parece sencillo: creemos que existe el gato porque lo vemos cuando abrimos los ojos y, de un modo análogo, cuando los físicos hablan de electrones, creemos que existen.

Esta creencia implica una postura metafísica, es decir, una actitud sobre lo que pensamos que existe en el mundo externo. Lo habitual es asumir que las entidades que pueblan nuestros modelos del mundo, los gatos o los átomos, existen realmente en el mundo externo. A esta posición metafísica se le denomina realismo científico y, en principio, no parece demasiado problemática: ¡por supuesto que existen los gatos!

Sin embargo, como veremos, aunque los gatos son aceptados por la mayoría de los filósofos, las entidades no observables y teóricas son mucho más problemáticas. ¿Existe la fuerza de la gravedad? Es indiscutible que nuestras teorías físicas clásicas la utilizan, pero ¿existe? Nadie ha visto a la fuerza de la gravedad en sí, todo lo que podemos medir es la aceleración que experimentan los cuerpos cuando están cerca de otros cuerpos. De hecho, si hubiésemos apostado por su existencia, parece que habríamos perdido ya que la relatividad general plantea que la fuerza de la gravedad, en realidad, no existe: los cuerpos son acelerados debido a la curvatura del espaciotiempo. Y si la fuerza de la gravedad no es fiable, ¿por qué habría de serlo el electrón?

El grueso de este libro lo hemos dedicado a tratar cuestiones epistemológicas: ¿cómo debemos razonar? ¿Qué evidencias y qué creencias son justificables y en qué medida? Sin embargo, en estos capítulos finales vamos a plantear también cuestiones metafísicas relacionadas con la ciencia.

Recordemos: la metafísica es el estudio de lo que es, de las cosas que existen en el mundo.1322 Otro término relacionado es el de ontología: la rama de la filosofía que reflexiona sobre la naturaleza de la realidad. Además, también se utiliza el término ontología para referirse al conjunto de entidades que pueblan la realidad.1323 Puede parecer extraño que los filósofos consideren como dos áreas diferenciadas a la epistemología y a la metafísica, pero recordemos que nuestras ideas más razonables pueden estar equivocadas, por lo que, incluso aunque asumamos que estamos pensando racionalmente cabe cuestionarse hasta qué punto estamos justificados para creer que una entidad utilizada en uno de nuestros modelos del mundo, de nuestros mapas, existe realmente en el territorio.

22.1 Realismo

El realismo científico plantea varias tesis, más o menos, relacionadas. Una de ellas es que el objetivo de la ciencia es comprender el cosmos estableciendo qué entidades y procesos lo pueblan. Así es, por ejemplo, como lo caracterizó Van Fraassen (Países Bajos; 1941-), uno de los antirrealistas más relevantes de finales del siglo XX.1324 Si en este momento te parece extraño que alguien pueda cuestionar algo tan aparentemente evidente, me alegraré si a lo largo de este capítulo consigo que aprecies los problemas que conlleva esta tesis.

Otra propuesta realista está relacionada con la aceptación de la realidad de las entidades y los procesos postulados por las teorías científicas. Por ejemplo, cuando un físico plantea que el espaciotiempo está deformado cerca de una estrella, el realista acepta esta curvatura del espaciotiempo como un aspecto real del mundo externo.

El filósofo de la ciencia Larry Laudan (Estados Unidos; 1941) matizó esta propuesta: el realista defendería que las teorías científicas van aproximándose gradualmente a la realidad.1325 Este es un realismo mucho menos ambicioso ya que admite que nuestras teorías actuales tan solo son aproximadas. Para estos realistas el mapa no es exactamente igual al territorio.

A este tipo de realismo se le ha criticado porque es difícil establecer en qué medida nos hemos aproximado a la realidad si no conocemos la realidad en sí. Sin embargo, en mi opinión, esta tesis adolece de un problema aún mayor: este tipo de realismo es muy débil ya que aproximadamente real puede interpretarse como no real. Yo podría defender que la Tierra es aproximadamente icosaédrica y, según estos realistas odiseicos, esto sería realista.1326

La mayoría de los filósofos, el 75% según la encuesta de Chalmers y Bourget, se definen como realistas,1327 aunque, dado que no hay una única propuesta realista, es difícil interpretar este dato. De hecho, como veremos, hay realismos, como los estructurales, que tienen mucho en común con los antirrealismos.

Antes de continuar tal vez convenga aclarar que en filosofía se utiliza el término realismo metafísico en un sentido que nada tiene que ver con el realismo científico que estamos discutiendo. El realismo metafísico sostiene que existe un mundo externo independiente de nosotros y se contrapone al idealismo, que es la tesis metafísica que sostiene que todo lo que existe en el universo es mental.1328 Éstas, evidentemente, no son las cuestiones que vamos a tratar.

22.2 El problema del progreso

Es evidente que la ciencia progresa, pero hemos de ser muy cautos al tratar de caracterizar ese progreso o, de lo contrario, nos podemos meter en un berenjenal metafísico. Por ejemplo, podríamos pensar que la ciencia progresa de un modo análogo al que progresa una colección de sellos o cromos: se van acumulando verdades o conocimientos que pasan a formar parte del conjunto de conocimientos científicos. Esto, obviamente, y a pesar de que muchas veces se habla de la ciencia en estos términos, es indefendible; muchas de las conclusiones científicas, con el tiempo, se revisan, e incluso, se descartan.1329 Muchos de nuestros cromos más queridos, con el tiempo, han terminado en la papelera.

Duhem hizo una matización importante, hay leyes que se proponen como universales, como, por ejemplo, las relacionadas con la mecánica newtoniana, pero que más tarde aprendemos que sólo son aplicables en unos ámbitos limitados.1330

El realista se enfrenta a un problema importante ya que debe admitir que hay numerosos casos de entidades propuestas por teorías antiguas que, posteriormente, han terminado descartándose. Un ejemplo paradigmático es el éter: el medio sobre el que se suponía que se transmitían las ondas electromagnéticas. Además, en la actualidad no creo que haya muchos físicos que piensen que nuestras teorías fundamentales se vayan a mantener sin cambios en el futuro y esto plantea un problema respecto a sus ontologías. ¿Por qué habríamos de confiar en que los futuros cambios teóricos mantendrán las entidades no observables si las del pasado no lo han hecho? A este problema, en filosofía de la ciencia, se le denomina pesimismo meta-inductivo y es uno de los principales enemigos del realismo.1331

Además, las ontologías han cambiado en el pasado radicalmente, cuando se propusieron la relatividad general o la mecánica cuántica las ontologías de las teorías clásicas de Newton y Maxwell quedaron reducidas a simples quimeras que, como mucho, podríamos considerar útiles y, en el caso del éter, ni eso.

Este fue uno de los motivos que llevó a Popper a plantear que cualquier propuesta teórica no es más que una conjetura y también causó quebraderos de cabeza a Kuhn, que trató de defender el progreso metafísico, pero que fue incapaz de solucionar la cuestión.1332

Kuhn se dio de bruces con el problema de que no parece que haya una dirección ontológica clara en algunas áreas de la ciencia. A veces, parece incluso que la metafísica científica va dando bandazos: como en el caso de la naturaleza de la luz, que unos días parecía ser partícula y otros una onda. A Newton la geometría de los rayos de luz le hizo pensar que ésta estaba compuesta por partículas que se movían en línea recta.1333 Por ejemplo, si uno observa la sombra de su mano verá que está bastante definida, sin embargo, si la naturaleza de la luz fuese ondulatoria y no corpuscular se esperaría ver una sombra mucho más difusa. Algo más tarde Thomas Young difractó la luz y, como este es un comportamiento característico de las ondas, propuso que la luz era una onda. Esto pareció confirmarse teóricamente cuando Maxwell predijo que las ondas electromagnéticas se movían exactamente a la velocidad de la luz. Sin embargo, el efecto fotoeléctrico volvió a poner sobre la mesa las partículas. Alguien dijo que la luz parecía ser una partícula los lunes, miércoles y viernes, una onda los martes, jueves y sábados y algo mucho más extraño los domingos. Nuestra mejor teoría actual sobre la cuestión, la cuántica, tiene una metafísica que, todavía en la actualidad, es extraordinariamente controvertida: hay quien cree ver multitud de universos en ella y quien, simplemente, renuncia a preguntarse por su metafísica y se limita a calcular usando sus descripciones matemáticas.

Una posible respuesta al problema planteado por el pesimismo meta-inductivo consiste en limitar la confianza realista a la existencia de las entidades teóricas de las teorías más maduras y con mayor éxito predictivo. Es decir, podríamos confiar en las entidades de las teorías que gozan de un mayor apoyo empírico y tan sólo tendríamos que dudar de las propuestas por las hipótesis menos confirmadas.

El problema de esta defensa es que los antirrealistas nos recuerdan que ha habido problemas incluso con teorías muy bien establecidas, como la gravedad newtoniana o el electromagnetismo clásico. La fuerza de la gravedad y el éter luminífero no existen. La luz no se transmite por un éter material de un modo análogo al del sonido, que se transmite mediante las vibraciones del aire, y esto demuestra claramente que una teoría con una metafísica equivocada puede llegar a hacer predicciones muy precisas. Por lo tanto, la adecuación empírica no es garantía de corrección metafísica.

Otra posible defensa propone dividir las teorías en dos tipos de entidades: las que se acaban utilizando para hacer predicciones empíricas y las que no y asumir que sólo son reales las primeras. Esto habría que hacerlo teoría por teoría en cada momento histórico. Además, en la práctica, no es tan sencillo aislar términos teóricos ya que, como hemos visto, adquieren su sentido por la red de términos.

22.3 Sentido y referencia

Otra defensa del realismo consiste en echar mano de la distinción entre sentido y referencia: puede que la fuerza de la gravedad no exista del modo en el que creíamos, pero hay algo en el mundo externo que se comporta de un modo muy similar a la fuerza planteada por Newton y, en realidad, eso es a lo que nos referíamos cuando hablábamos de fuerza de la gravedad.

El sentido son las ideas y las descripciones asociadas con un término, mientras que la referencia es aquella entidad del mundo externo a la que nos estamos refiriendo con el término. Por ejemplo, el término “ballena” puede ser definido como animal muy grande que vive en el mar, mientras que una posible referencia es Keiko, la orca protagonista de Liberad a Willy.

Un término tiene una referencia exitosa cuando hay algo en el mundo externo a lo que se refiere. Por ejemplo, unicornio no es un término con una referencia exitosa, por eso decimos que los unicornios, no existen. El termino “unicornio” tiene sentido, pero no tiene referencia.

Las referencias son más estables que los sentidos y en esto se basa esta defensa del realismo. Desde Aristóteles los estudiosos de la zoología saben que las ballenas no son peces: Aristóteles cambió el sentido del término para siempre, sin embargo, Keiko sería una referencia válida tanto para los pescadores anteriores a Aristóteles como para los zoólogos posteriores.

Sin embargo, esta defensa del realismo tampoco está exenta de problemas. Recordemos que los antirrealistas no dudan de la realidad de los gatos, sino de los términos no observables y teóricos. A pesar de que su taxonomía no es trivial, un gato tiene una referencia más sencilla que una entidad teórica como, por ejemplo, el espaciotiempo. En principio, los términos teóricos deberían adquirir la referencia a partir de lo que plantee la teoría y esto obliga al realista a resolver el problema de la inconmensurabilidad de las redes teóricas que plantearon Carnap o Kuhn.

Además, los problemas del realista no terminan ahí. Esta defensa del realismo lo que está proponiendo es que hay una continuidad referencial entre teorías incluso en los términos teóricos. Es decir, que cuando Newton habla de fuerza de la gravedad y Einstein de curvatura del espaciotiempo, en realidad, están refiriéndose a la misma realidad externa, aquella que causa que los objetos aceleren cuando están cerca de un objeto masivo. Esta propuesta puede parecernos satisfactoria, pero, en la práctica, hemos dejado el realismo en cueros. Lo que el realista está diciendo es: no sé qué es la fuerza de la gravedad, pero es cualquier cosa del mundo externo que hace que las bolas de cañón se comporten como se comportan cuando las dejo caer desde la Torre de Pisa, eso es la gravedad. El referente es muy vago, no es como un gato al que podemos señalar y, en realidad, lo que estamos planteando es una forma de antirrealismo ya que la principal tesis antirrealista consiste, precisamente, en que aunque las teorías sean empíricamente adecuadas hemos de ser muy cautos a la hora de creer en la realidad de sus términos teóricos. Los antirrealistas no niegan que haya algo en el mundo externo que hace que las bolas de cañón aceleren hacia el suelo, no son idiotas, lo que dicen es que no debemos comprometernos con la naturaleza de ese algo, por ejemplo, con que sea una fuerza, simplemente porque una teoría empíricamente adecuada proponga que es una fuerza. El hecho de que la teoría funcione no implica que debamos creer que la fuerza de la gravedad existe a nivel fundamental, podría ser, en realidad, una curvatura del espaciotiempo o, incluso, algo mucho más extraño. Además, esta defensa desconecta lo que el científico parece estar diciendo de lo que realmente está diciendo. Puede que Newton estuviese hablando de una fuerza, pero hemos de ser caritativos e interpretarlo como si no hubiese estado hablando de una fuerza.

22.4 El problema social

Todo esto no pasaría de ser una simple discusión académica si no fuese porque implica un serio problema social. Más de una vez me han dicho que lo que digan los científicos es una opinión más porque un día dicen una cosa y al siguiente sostienen lo contrario. Este es uno de los principales argumentos de quienes se oponen a la razón. Una vez un marxista me dijo en Facebook que Newton estaba obsoleto. El día que los marxistas hagan una predicción económica la mitad de fiable que las que calcula la NASA usando la mecánica newtoniana para enviar sondas a Plutón que venga y me lo cuente.

Este ataque funciona porque, además, una parte importante de la sociedad cree que la ciencia acumula verdades y, por lo tanto, cuando se dan cuenta de que la ciencia no funciona así pierden la confianza en ella. Por ejemplo, muchos creen que lo que se publica en un estudio revisado por pares pasa a ser parte del corpus científico como una verdad más. Así que no es de extrañar que cuando un estudio se tumba acaben perdiendo la confianza. En un ambiente de relativismo rampante es importante explicar cómo funciona la ciencia para no fomentar los desvaríos de los constructivistas radicales.

Lo que progresa claramente en las ciencias que funcionan es la adecuación empírica. Es decir, sus modelos son cada vez más precisos, tanto en sus descripciones de las evidencias disponibles como en sus predicciones. Sin embargo, esto no implica, en modo alguno, que las metafísicas de las teorías que propongan los físicos en el futuro se vayan a parecer en nada a las de las teorías actuales. Newton sigue funcionando a pesar de que las teorías más avanzadas ya no hablan de fuerzas. La relatividad general es más precisa que la newtoniana, pero esto no implica que la newtoniana dejase de funcionar cuando los revisores aceptaron el artículo de Einstein. Por eso la NASA puede seguir usando fuerzas gravitatorias, porque las predicciones, aunque no son las más precisas, son lo suficientemente precisas.

De hecho, el progreso científico ni siquiera exige que los propios investigadores confíen en que sus entidades teóricas se correspondan con nada real. Ptolomeo representó un gran avance respecto a los modelos astronómicos anteriores, pero a Ptolomeo le importó bastante poco que sus ciclos y epiciclos fuesen reales o no, sólo le preocupó la precisión de las predicciones.

A pesar de estos problemas parece difícil que haya conclusiones metafísicas que vayamos a abandonar en el futuro: seguiremos creyendo que los gatos existen y que el virus de la gripe es el causante de la gripe y esto plantea una cuestión interesante sobre la que se ha trabajado intensamente en tiempos recientes: qué diferencia a las entidades más fiables de las más tentativas.

22.5 Antirrealismo

Los antirrealistas tienen una actitud muy cercana a la ptolemaica: lo más relevante de los modelos científicos es que sean instrumentos útiles. El estadístico británico George Box lo expresó de este modo:

Todos los modelos son erróneos, pero algunos son útiles

Una teoría es empíricamente adecuada cuando describe correctamente las partes observables del mundo externo1334 y está claro que las teorías pueden ser útiles incluso aunque plateen entidades, como los epiciclos de Ptolomeo, que no existen realmente.

El antirrealismo surgió a finales del siglo XIX cuando se estaba discutiendo si los átomos eran reales o no.1335 Los químicos llevaban tiempo hablando de átomos, pero los físicos, dadas las evidencias empíricas disponibles en el momento, dudaban de que los átomos fuesen algo más real que los epiciclos. Cuando más tarde, a principios del siglo XX, la relatividad y la cuántica demolieron las metafísicas clásicas, los antirrealistas se vieron vindicados, había sido prudente dudar de la gravedad, y concluyeron que la ciencia debía limitarse a estudiar las regularidades empíricas que detectaba y abstenerse de tratar de asaltar los cielos metafísicos.

Los antirrealistas confían en la existencia del mundo externo, esa no es su crítica, su cautela nace de su duda acerca de lo que un empirista puede llegar a conocer sobre las entidades no observables y teóricas. Según los antirrealistas los empiristas deberíamos ser ateos o, al menos, agnósticos respecto a la existencia de las entidades teóricas. Estas entidades son útiles y necesarias, pero puede que no sean reales. Mientras que el realista al usar una teoría se compromete con su metafísica, el antirrealista se conforma con utilizarla como un instrumento útil.1336 Es cierto que vemos burbujitas en una cámara de niebla, pero si están causadas por algo que se corresponde con nuestra idea de un electrón, esa es una cuestión muy distinta.

Los antirrealistas tampoco pretenden que la ciencia deje de teorizar, las entidades teóricas son necesarias; tan solo discuten las implicaciones metafísicas de los modelos alcanzados. Por ejemplo, plantean que la teorización podría entenderse como una actividad que, aprovechando la estructura y la redundancia presente en la información empírica construye modelos teóricos informacionalmente compactos.1337 Ernst Mach (1838-1916), que era físico y fue el primer catedrático de filosofía de la ciencia, entendía la ciencia como un instrumento capaz de condensar la información empírica en unas cuantas leyes que reflejaban económicamente esa estructura. Esta es una idea compartida por Duhem, que planteó que la ciencia puede encontrar y analizar regularidades presentes en el mundo externo, pero que esto no implica que deba preocuparnos la naturaleza profunda de esa realidad.1338

Para los antirrealistas no resulta misterioso que la adecuación empírica progrese en las ciencias exitosas, al fin y al cabo, este debería ser, según ellos, el objetivo de las ciencias: obtener instrumentos cada vez más eficaces. Además, no les preocupa, en absoluto, que las sucesivas metafísicas parezcan no estar alineadas en una dirección progresiva. Esto es algo que podía preocupar a Kuhn, que estaba interesado por la realidad de esas metafísicas, pero Mach o van Fraassen sólo están interesados por la adecuación empírica de las teorías.

En realidad, según los antirrealistas, los físicos decimonónicos habrían acertado de pleno cuando predijeron que lo único que quedaba por hacer era ajustar los últimos decimales de las predicciones de sus teorías. El cambio entre Newton y Einstein sólo parecería enorme porque se había depositado una confianza excesiva en las ontologías. Además, esto explicaba porque las teorías antiguas habían servido para desarrollar tanta tecnología útil: esos modelos eran empíricamente adecuados y, en gran parte, seguían siéndolo. Si lo que queremos es lanzar satélites, poco importa que las teorías hablen de fuerzas, campos o interacciones, lo relevante es que sirvan para hacer predicciones precisas.

22.6 Empiristas, científicos y antirrealistas

Aunque nuestra primera reacción ante el debate sea prestar apoyo al ideal realista que defiende que el objetivo de la ciencia debe ser establecer cuál es la naturaleza última del cosmos, lo cierto es que el compromiso empirista con las observaciones como base del conocimiento del mundo externo puede aconsejar una mayor modestia intelectual.

Mach, por ejemplo, sostenía que la ciencia debe preocuparse por describir el mundo dejando de lado las disquisiciones sobre cuál sea su verdadera naturaleza:1339 el empirista no debería comprometerse con la naturaleza y la existencia de aquello que no puede observar.1340 Esta es una postura que defendieron, por ejemplo, Hume, Comte o John Stuart Mill: el empirista ha de ser muy cauto cuando trata de llegar más allá de lo observado. Por lo tanto, la tradición empirista es más cercana del antirrealismo que del realismo.1341 James Ladyman (1969-) ha sugerido incluso sustituir el término antirrealista por el de empirista en el debate.1342

Podemos encontrar un claro reflejo de la tradición empirista y antirrealista en la división que se establecía en el mundo antiguo entre física y matemáticas. Esta división era muy diferente a la actual;1343 para Sexto Empírico, por ejemplo, las matemáticas incluían campos tan diversos como la óptica, la astronomía, la geometría, la aritmética o la teoría musical.

La clave de la división entre matemáticas y física consistía, precisamente, en que mientras las matemáticas tenían un ánimo meramente descriptivo, la física pretendía explicar la esencia de la naturaleza última del cosmos. En griego física significaba crecer, dar lugar y por extensión se aplicaba a aquello que llega a existir. En latín el término se tradujo por naturaleza, de ahí la acepción que utilizamos al hablar sobre la naturaleza última de la realidad.

La división entre física y matemáticas no concernía al objeto de estudio, sino a su método: las matemáticas eran cuantitativas y descriptivas. Aristóteles hacía física porque estaba interesado por las causas del movimiento de los astros, sin embargo, Ptolomeo era un mero matemático preocupado, solamente, por describir esas órbitas. Por lo tanto, los astrónomos de la antigüedad, que eran matemáticos, podían incluso plantear descripciones alternativas para un mismo fenómeno, pero los físicos debían dar con las causas reales.

No fue hasta la Edad Moderna cuando esta división se replanteó. Galileo, por ejemplo, todavía asumía que la matematización de su física implicaba que sólo estaba describiendo. Por ejemplo, en su Dos nuevas ciencias (1638) admitía que las causas de la aceleración de la caída de los cuerpos no eran una parte necesaria de la investigación. Hubo muchos, como, por ejemplo, Descartes, Leibniz y Huygens que lo criticaron por ello.1344 Sin embargo, Newton, que, evidentemente, también hacia una ciencia cuantitativa y matemática, sí pretendía, al menos hasta cierto punto, estar estudiando las verdaderas causas del movimiento.1345 Newton estaba haciendo física, no matemáticas. Sin embargo, no fue hasta el descubrimiento de las geometrías no euclídeas en el siglo XIX cuando nuestra división actual entre matemáticas formales y ciencias naturales terminó de perfilase.

Podríamos pensar que los científicos suelen ser realistas, que creen en la realidad de las entidades propuestas por sus teorías y este es, generalmente, el caso. Sin embargo, las actitudes de los científicos con mayor conocimiento filosófico son, en muchos casos, mucho más matizadas. El famoso Hypothesis non fingo newtoniano es un ejemplo de esta cautela metafísica. Es decir, Newton, que había propuesto una teoría gravitatoria como causa del movimiento de los astros, cuando se preguntó a sí mismo por la verdadera causa de la gravedad, como científico, se limitó a decir: no sé.1346 Partiendo de los datos empíricos podía proponerse una descripción empíricamente adecuada, pero esas evidencias no podían conducirle a descubrir la naturaleza última de la realidad y, como era consciente de ello, prefirió ser cauto, de ahí su Hypothesis non fingo. Leibniz, sin embargo, criticó esta tibieza, esta falta de ambición metafísica y Newton, cómo teólogo, añadió que la causa última debía de ser divina.

Einstein siendo estudiante leyó a Mach y quedó muy influido por estas ideas empiristas y antimetafísicas y esta fue, precisamente, una de sus inspiraciones en la investigación que le condujo a su relatividad especial. Su propuesta, matemáticamente, no era muy distinta de las físicas anteriores de Lorenz o Poincaré y, sin embargo, a diferencia de estos, rechazó la idea de un espacio y un tiempo absolutos, simplemente, porque no había forma de medir esas entidades absolutas. En el planteamiento de la relatividad, Einstein partió de aquello que podía medirse, se preguntó cómo se medirían el tiempo y el espacio y esto le llevó a rechazar la idea intuitiva de un tiempo absoluto independiente del observador. Ese tiempo no podía medirse y, por lo tanto, un empirista, seguidor de Mach, no debía incluirlo en su teoría.

La otra gran teoría física del siglo XX, la mecánica cuántica, también fue planteada desde postulados muy cercanos al antirrealismo positivista. Pauli, que tenía como padrino al propio Mach, afirmó que preguntarse por lo qué está sucediendo en un sistema cuando no estamos observándolo es análogo a preguntarse por cuántos ángeles caben en el ojo de una aguja.1347 A Bohr, influido por los positivistas ni siquiera parece que le preocupase demasiado la existencia del mundo cuántico. De hecho, Bohr, en la famosa conferencia de Solvay, afirmó: “Es erróneo pensar que la tarea del físico consista en averiguar qué es la naturaleza. A la física sólo le concierne lo que podemos decir sobre ella”. Es difícil plantear una actitud más antirrealista ante la ciencia. Este es el motivo por el que la interpretación de Copenhague de la física cuántica no está en absoluto preocupada por si el gato está vivo o muerto mientras la caja está cerrada. Mientras la caja esté cerrada y no podamos observar su interior poco ha de importarle a la física el estado del gato. Lo que concierne a la física es predecir la probabilidad de que lo observemos vivo o muerto una vez abramos la caja y esto puede hacerlo con absoluta precisión. El físico David Mermin resumió esta actitud con el famoso aforismo: “calla y calcula”, aunque también conviene recordar que, a continuación, añadió “pero no me callaré.”1348

Resulta curioso que fuese precisamente Einstein, el físico que descartó el tiempo absoluto, uno de los físicos que menos se callaron y que más reivindicaron el papel de la ciencia como una disciplina dedicada al estudio de la realidad más allá de su mera descripción. Sus debates con Bohr y compañía a este respecto son legendarios. Estas discusiones físico-filosóficas se materializaron en una línea de investigación muy fructífera que Einstein formuló, junto a Podolsky y Rosen, en su artículo de 1935, que más tarde, en 1964, condujo a Bell a proponer sus desigualdades y que Aspect comprobó experimentalmente en 1982. Este es un asunto apasionante que mezcla física fundamental y filosofía a partes iguales, pero, por desgracia, no cabe en este ya demasiado extenso libro. Al lector interesado le recomiendo los excelentes What is real de Adam Becker y Something Deeply Hidden de Sean Carroll. En muchos casos he oído que la filosofía de la ciencia no influye en la ciencia, me pregunto que pensarán quienes dicen esto sobre esta íntima y fecunda relación entre filosofía y física.

22.7 Antirrealistas

Entre los filósofos la tradición antimetafísica resurgió en la Edad Moderna. Hume rechazó cualquier intento de llegar más allá de la experiencia empírica y recomendó a los pensadores modestia intelectual.1349 Este es el espíritu que recogieron los positivistas lógicos a principios de siglo XX. El único conocimiento válido del mundo externo es empírico y, por lo tanto, deben rechazarse las osadías metafísicas.1350

El nacimiento del positivismo lógico suele asociarse al Círculo de Viena, un grupo de científicos, filósofos y matemáticos que contaba entre sus miembros más destacados con Moritz Schlick, Rudolf Carnap, Otto Neurath, Hans Reichenbach y A. J. Ayer.1351 Schlick, que había realizado una tesis dirigida por Planck, organizó el nacimiento del Círculo en 1924 y Carnap, que terminó por convertirse en una especie de líder intelectual del grupo, estudió matemáticas, física y filosofía y fue uno de los pensadores más destacados del siglo XX.

Existen dos positivismos que conviene no confundir: el decimonónico y social de Comte y el lógico del siglo XX. Comte estaba interesado en establecer las ciencias sociales como base de una reforma racional de la sociedad, mientras que los positivistas lógicos debatían, principalmente sobre cuestiones epistemológicas. El movimiento positivista del siglo XX incluyó a un gran número de pensadores que, además, desarrollaron sus ideas durante décadas por lo que, necesariamente, fue una escuela heterogénea y llena de matices. En realidad, lo más habitual es dividir a los positivistas del XX en positivistas lógicos y empiristas lógicos,1352 pero dado lo heterogéneo de ambos términos,1353 la sutileza de las distinciones y el ánimo introductorio de este texto, no creo que sea necesario aquí adoptar esta división.

El positivismo, en parte debido a la diáspora causada por el horror nazi y la guerra, se convirtió en una filosofía muy influyente hasta los años 70. Todavía hoy, debemos reconocer su legado en el rigor es seguido por los filósofos analíticos. A esto conviene añadir que, como hemos ido discutiendo a lo largo de varios capítulos, una gran parte importante de la filosofía de la ciencia posterior se organizó como reacción a sus tesis, lo cual muestra que, aunque pudiesen tener una visión de la ciencia un tanto ingenua, sus aportaciones fueron muy fructíferas. Existen formas más o menos interesantes de estar equivocado.

El Círculo reconocía entre los pensadores que les influyeron a Mach, Poincaré, Duhem, Boltzmann y Einstein y en su manifiesto, publicado en 1929, titulado La concepción científica del mundo reproducían la división del conocimiento planteada por Hume: el conocimiento debe ser sintético, como el científico, o analítico, como el lógico y matemático.1354 Esta división analítico-sintética fue una de las tesis positivistas fundamentales y, todavía actualmente, es aceptada sin grandes modificaciones por la mayoría de los filósofos. La justificación del conocimiento del mundo externo había de ser eminentemente empírica y lógica. Además, defendían que la ciencia tenía que utilizar un lenguaje preciso y, eminentemente, empírico para separarse de la metafísica, una disciplina que rechazaban por carecer de sentido.

La lógica había experimentado un gran florecimiento en la segunda mitad del siglo XIX y se encontraba en plena efervescencia en esa época. Este es el tiempo en el que Russell y Whitehead estaban liderando el análisis de los fundamentos lógicos de las matemáticas, un programa de investigación que terminó conduciendo a Gödel y Turing. Los positivistas decidieron acometer un esfuerzo análogo en el área de las ciencias naturales. Las palabras de Russell “la lógica es la esencia de la filosofía” se convirtieron en el credo del positivismo.1355 Según los positivistas el análisis lógico del lenguaje había de permitir aclarar el contenido de las teorías científicas y, además, sería el instrumento que distinguiría con precisión la ciencia de la filosofía vaga y oscura que caracterizaba a la metafísica.

22.8 Verificacionismo positivista

El verificacionismo fue otra de las tesis principales de los positivistas. La idea general es que sólo tiene sentido aquello que tiene alguna implicación empírica.1356 Siguiendo a Hume, los positivistas propusieron que aquello que no tiene consecuencias empíricas no sólo es demasiado especulativo, sino que carece de sentido porque, incluso aunque fuese falso, no podríamos observar ninguna diferencia.1357 Para un positivista lógico sólo tienen sentido aquellas proposiciones para las que pueden establecerse las condiciones observacionales que pueden llevar a determinar si son verdaderas o falsas. Una afirmación tiene sentido cuando existe un modo empírico de decidir si es verdadera o no lo es. Tiene sentido hablar de las ondas de radio, aunque no podamos verlas, porque de su existencia se derivan consecuencias empíricas que podemos llegar a detectar mediante nuestros sentidos.

Este criterio del sentido lo utilizaron para luchar contra la metafísica ya que, según los positivistas, la metafísica no es más que un conjunto de ideas sin sentido.1358 Para un positivista la afirmación “existe el absoluto” no es ni verdadera ni falsa, es una pseudoafirmación sin sentido que trata de establecer algo que no está conectado, en modo alguno, con el mundo observable. La lección es que hemos de ser cautos puesto que no todo aquello que parece una proposición tiene sentido. Algunos términos metafísicos que los positivistas desterraron como carentes de sentido fueron: Dios, el Absoluto, el no-ser, la cosa en sí o la esencia.1359

Esta propuesta también asumía una distinción nítida entre el lenguaje observacional y el teórico, entre datos empíricos y teorías.1360 Defendían, además, que los términos teóricos adquieren su sentido porque pueden expresarse, en última instancia, utilizando proposiciones que utilizan sólo términos observacionales.1361

Es posible que a algunos lectores estas propuestas les parezcan muy razonables, a mí me lo parecieron, pero hay que asumir que fueron finalmente matizadas o rechazadas. Por ejemplo, el caso del plano inclinado parece indicar que, efectivamente, el lenguaje observacional es completamente neutro respecto al teórico: dos investigadores pueden establecer que una bolita está cayendo por un plano inclinado independientemente de que sean aristotélicos, newtonianos o relativistas. Sin embargo, como ya hemos comentado, esta propuesta fue matizada posteriormente. Carnap, por ejemplo, tras años de análisis, no dudó en asumir que el significado de los términos teóricos dependía del resto de términos teóricos, de los observacionales y de la relación entre ambos tipos de términos.1362 Los términos observacionales y teóricos están, desde un punto de vista estrictamente lógico, entrelazados.

Otro de los problemas que rompieron el sueño positivista fue el de la inducción. Las leyes generales que plantea la ciencia, en realidad, no son verificables porque es imposible plantear un conjunto finito de observaciones que nos permitan verificar que la ley se cumple en todos los casos. Por lo tanto, estrictamente hablando, los términos teóricos no pueden ser verificados mediante la observación y según el estricto criterio de la verificación deberían ser considerados palabras carentes de sentido.1363 Los positivistas reconocieron el problema y sustituyeron la verificación por una noción menos exigente: la confirmación.1364 Carnap planteó que la confirmación debería seguir una lógica inductiva y que el resultado final habría de ser un grado de confianza. Estos detalles fueron complicando paulatinamente el análisis lógico del lenguaje sin que nunca se consiguiese alcanzar el riguroso ideal positivista. Por ejemplo, Carnap no logró terminar su proyecto de lógica inductiva.

Además, aunque su primer objetivo fue distinguir los términos con sentido de los términos sin sentido, esto no fue posible y tuvieron que pasar a analizar proposiciones completas, pero esto tampoco funcionó y, por fin, hubieron de asumir que las observaciones afectan a sistemas teóricos completos.1365 Este, recordemos, fue uno de los problemas que señaló Quine al criticar el falsacionismo de Popper, pero afectaba en igual medida a los positivistas;1366 si ninguna proposición puede ser verificada por separado de las demás, la distinción entre proposiciones verificables y no verificables no es sostenible.1367

Para intentar solucionar estos problemas trataron de suavizar la distinción entre términos observacionales y teóricos, pero al hacerlo volvía a entrar la metafísica por la puerta de atrás. Es muy difícil establecer una propuesta lógico-semántica en la que tengan cabida los campos cuánticos o las supercuerdas, pero en la que no puedan colarse la metafísica que pretendían desterrar. A partir de los años 30 Carnap asumió que no habían conseguido crear un bisturí capaz de delimitar con precisión quirúrgica la ciencia de la palabrería metafísica.1368

Tal vez el mayor éxito de la aproximación positivista consistió, precisamente, en mostrar las limitaciones de este programa de investigación filosófica. Al fin y al cabo, hemos de recordar que para los lógicos-matemáticos ni siquiera fue sencillo justificar con rigor que 1 más 1 son 2: Whitehead y Russell necesitaron 362 páginas de desarrollos lógicos para hacerlo.1369 De modo que no es de extrañar que los positivistas no lograsen justificar la ciencia, que depende de observaciones empíricas mucho más dudosas que los axiomas matemáticos, con el mismo grado de rigor. En ciencia la lógica es fundamental, pero no lo es todo.

22.9 Larga vida al verificacionismo

A pesar de estos problemas, la idea principal subyacente en el verificacionismo positivista continúa siendo fundamental: la percepción es la principal fuente de información sobre el mundo externo, el modo de evaluar nuestras creencias sobre el territorio debe estar necesariamente ligado al empirismo. Que fallase la formulación positivista no implica que hayamos de abandonar esta tesis.1370 Esta es también una postura que defendió Quine: aunque el verificacionismo positivista fracasó, su respeto por los datos empíricos debe ser conservado.1371 Además, el fracaso positivista tampoco implica que la metafísica especulativa sea un modo válido de estudiar la estructura fundamental del universo. La propuesta original de Hume continúa siendo válida: si lo que se propone no tiene consecuencias empíricas es sólo sofistería.

La conexión informacional con la entidad postulada es un mínimo imprescindible. Si no hay modo de que nos llegue información alguna de la entidad deberíamos abstenernos de proponerla como algo relevante para el análisis del mundo externo.1372 Como dijo Schwarzenegger en Predator “si sangra podremos matarlo”, si deja un rastro podremos analizarlo, si no es mera palabrería.

Lo que sí parece implicar el fracaso del verificacionismo lógico-semántico positivista es que hemos de abandonar el intento de eliminar a priori las propuestas sin sentido y tenemos que centrarnos en averiguar qué propuestas son epistemológicamente superiores e inferiores.1373

22.10 Empirismo constructivo

Uno de los antirrealismos recientes más populares es el empirismo constructivo. Van Fraassen, su proponente, también es antimetafísico, pero en su propuesta ha tratado de evitar algunos de los problemas positivistas.

Para Van Fraassen, como para los positivistas, no hay duda sobre la existencia de las entidades observables, pero según este autor hemos de declararnos agnósticos respecto a las entidades teóricas. Aquello que no podemos ver puede que exista, pero el empirista cauto ha de reservar el juicio. En esto el empirismo constructivo se diferencia del positivismo, puede que tenga sentido hablar sobre esas entidades, pero, simplemente, no tenemos información suficiente para estar seguros de su existencia.

Además, mientras que para los positivistas los términos teóricos no son más que herramientas que sirven para resumir la estructura detectada en las observaciones, para Van Fraassen, cuando los científicos proponen una entidad no observable, como, por ejemplo, un electrón, aunque se declaren agnósticos sobre su existencia, realmente están discutiendo sobre una entidad que podría existir en el mundo externo.1374

Tal vez el punto más relevante de la propuesta del empirismo constructivo sea que las teorías deben aceptarse o rechazarse en base a su adecuación empírica, es decir, dejando de lado la realidad de las entidades teóricas y no observables que puedan proponer y obedeciendo únicamente a la precisión con la que cuadran con las observaciones. Al aceptar una teoría no tenemos la obligación de comprometernos con su corrección metafísica, sino sólo con su adecuación empírica.1375 Por supuesto, el científico utilizará la teoría como si los electrones o la fuerza gravitatoria existiesen realmente, pero esto, dado que no puede comprobarse directamente, sólo presupone una aceptación pragmática y no exige que el científico crea en la existencia de esas entidades. Por ejemplo, los físicos hablan habitualmente de la fuerza gravitatoria, pero eso no implica que hayan de aceptar su existencia. El empirismo constructivo ha conseguido que se considere perfectamente razonable que un investigador utilice una teoría sin que esto implique que deba comprometerse con su metafísica.

Van Fraassen, además, critica el ánimo realista. Según su tesis el objetivo de la ciencia no debe ser llegar a la verdad, sino construir teorías empíricamente adecuadas. La interpretación estándar de la mecánica cuántica sería un buen ejemplo de esta actitud: la ciencia no debe preocuparse por si gato está vivo o muerto mientras no miramos, lo único relevante es la predicción de la probabilidad de lo que acabaremos observando y, además, es precisamente esta adecuación empírica la que nos permite construir tecnología útil.

22.11 A favor del realismo

Sin embargo, a pesar de los ataques antirrealistas, continúa habiendo muchos científicos y filósofos que tienen una actitud claramente realista. Einstein, por ejemplo, no estaba, en absoluto, de acuerdo con la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica. Según el padre de la relatividad, la ciencia debía comprometerse con la investigación sobre la naturaleza de la realidad, no sólo con la creación de teorías empíricamente adecuadas.1376 No se trataría tan solo de crear teorías útiles, sino de obtener una descripción completa de la naturaleza, independientemente de si hay en ella aspectos no observables.1377 El realismo nos impele a ir más allá.

Por otro lado, aunque es cierto que la astronomía había tenido un ánimo antirrealista desde la antigüedad, el enfrentamiento de Galileo con la Iglesia Católica se debió, precisamente, a que el pisano sostenía que la Tierra se movía de verdad. No le bastó con afirmar que el modelo copernicano era útil para calcular la posición de los planetas. No, según Galileo lo que planteaba Copérnico era verdad, no sólo empíricamente adecuado. Este es un punto que Osiander, el editor del tratado copernicano, entendió claramente y, como no quería conflictos con la autoridad, añadió un prefacio al libro en el que afirmaba que la propuesta debía ser considerada como un simple instrumento de cálculo. Incluso la Iglesia dio permiso a Galileo para defender el copernicanismo como una herramienta matemática sin implicaciones sobre la realidad física.1378 Pero Galileo era un realista convencido, la cuestión relevante era si la Tierra se movía o no se movía y no sólo si podían elaborarse calendarios o cartas astrales con mayor o menor dificultad.

Además, asumir que las teorías científicas se corresponden o no con la realidad influye en la investigación. Si no te interesas por la cuestión de si la Tierra se mueve o no de verdad, no tratarás de buscar el modo de medir ese movimiento. Las entidades teóricas son un factor determinante en el diseño experimental y en la interpretación de los resultados obtenidos. Feynman, por ejemplo, sostenía que dadas dos teorías matemáticamente equivalentes no era irrelevante que el científico se comprometiese con la realidad de una u otra puesto que esto influirá en qué nuevas teorías planteará y en cómo tratará de comprobarlas.1379 Para una discusión sobre cómo la interpretación filosófica de la mecánica cuántica está influyendo actualmente en el desarrollo de nuevas teorías que tratan de unificar la gravedad con las teorías cuánticas de campos recomiendo el excelente libro de Sean Carroll Something Deeply Hidden.

Sin embargo, uno de los argumentos más fuertes a favor del realismo no es la actitud de los científicos, que podría ser una equivocación, sino el denominado del “no milagro” (no miracles). Es indudable que la ciencia ha tenido un gran éxito operacional. Por ejemplo, la física ha conseguido hacer numerosas predicciones que, más tarde, han acabado por confirmarse y la explicación más sencilla de tal éxito es que algo sobre la realidad debemos de estar averiguando. Sería un milagro que las predicciones fuesen tan buenas si nuestras teorías no fuesen, al menos, parcialmente verdaderas. Por ejemplo, sería muy raro que los electrones no existiesen y que a pesar de eso pudiésemos hacer tanta tecnología basada en teorías que asumen su existencia y que los caracterizan con unas propiedades determinadas.

En este caso, estamos refiriéndonos, especialmente, a un tipo muy peculiar de predicción empírica exitosa: aquellas predicciones que han propuesto nuevos fenómenos que no podrían darse sin la existencia de alguna entidad teórica previamente no observada.1380 Sería muy extraño que se hubiese confirmado la predicción de Dirac de la existencia positrón si su teoría no hubiese conseguido plasmar un aspecto de la realidad no observable. Recordemos que la predicción de Dirac se derivó de una investigación completamente teórica que tenía como objetivo unir la relatividad especial con la mecánica cuántica.

Además, este no ha sido el único acierto. Los químicos propusieron los átomos a principios del siglo XIX para explicar las proporciones elementales que encontraban en distintas sustancias. Sin embargo, los físicos dudaron de su existencia durante prácticamente un siglo. Por ejemplo, Mach, el paladín del antirrealismo, se negó a aceptar su realidad porque no podían observarse.1381 Sin embargo, la existencia de los átomos quedó establecida a principios del siglo XX más allá de toda duda razonable.

Ian Hacking en su Representing and intervening propuso otro argumento a favor del realismo: no sólo hemos predicho la existencia de entidades teóricas que luego ha sido confirmada, sino que somos capaces de manipular estas entidades incluso aunque no podamos observarlas directamente. Según Hacking un electrón es real porque podemos manipularlo para crear nuevos fenómenos y tecnologías.1382

Otro argumento a favor del realismo es el de la convergencia teórica o de la corroboración. A medida que la ciencia progresa, las teorías de áreas diversas tienden a converger en teorías con un mayor poder explicativo. Por ejemplo, como hemos comentado, los químicos habían propuesto los átomos y las moléculas como explicación para las relaciones elementales en sus compuestos, pero esos mismos átomos terminaron apareciendo en las teorías estadísticas que trataban de explicar a nivel microscópico las leyes termodinámicas o en el movimiento browniano. Esta convergencia teórica entre áreas científicas tan alejadas es otro argumento a favor del realismo. A Mach, como no podía ser de otro modo, la aproximación de Boltzmann a la termodinámica, basada en postular entidades no observables, no le gustó y defendió la aproximación macroscópica de Carnot y Joule.1383 Honra al pragmatismo científico que Einstein, que tenía a Mach como uno de sus referentes y que propuso una relatividad profundamente influida por sus ideas, utilizase una aproximación muy similar a la de Boltzmann para explicar el movimiento browniano dando así un importante empujón a la aceptación de los átomos por parte de los físicos.

Las ondas gravitacionales ofrecen otro ejemplo reciente de esta convergencia teórica. El evento GW170817, observado por LIGO, se corresponde con la fusión de dos estrellas de neutrones. Hay pocas entidades, en principio, menos observables que el propio espaciotiempo, pero LIGO no sólo ha conseguido observar fenómenos que se derivan de la variación en su curvatura, sino que ha podido relacionar sus resultados con observaciones obtenidas utilizando técnicas astronómicas más convencionales basadas en la observación de la luz proveniente de esos objetos. A esta nueva área astronómica, al ser capaz de detectar un mismo evento utilizando diversos mensajeros, como ondas gravitacionales, neutrinos, rayos cósmicos o fotones, se la denomina astronomía multimensajero.

Los antirrealistas, además, se enfrentan a un problema filosófico de difícil solución ya que, aunque se declaran ateos o agnósticos respecto a las entidades no observables, no tienen problemas en aceptar la existencia de los gatos. Pero no es trivial plantear una propuesta filosófica coherente que justifique la existencia de las entidades observables y que, al mismo tiempo, rechace las no observables. Al fin y al cabo, yo confío, en última instancia, en la existencia de mi gata por el mismo motivo en que confío en la existencia de los átomos, porque hay métodos, instrumentales o no, que me permiten estar conectado informacionalmente con ambos tipos de entidades.

Los antirrealistas, que son empiristas, suelen aceptar la existencia de las entidades observables, como los gatos, limitando su escepticismo a las entidades no observables. Sin embargo, delimitar ambos tipos de entidades no resulta sencillo. La línea entre lo observable y lo no observable es vaga y ha cambiado a lo largo del tiempo.1384 El filósofo de la ciencia Grover Maxwell (1918–1981) planteó el siguiente problema a los antirrealistas:1385 un individuo puede mirar con sus ojos desnudos, pero también puede hacerlo a través de una ventana o utilizando unas gafas o con una lupa o un microscopio óptico. Esto plantea la cuestión sobre qué debe contar como no observable. ¿Son los átomos no observables ahora que disponemos de una fotografía de 35 átomos de xenón obtenida con un microscopio de efecto túnel que, previamente, había formado con ellos las siglas IBM? Estoy seguro de que mi compañera escéptica e investigadora Elena Pinilla, que es especialista en microscopios de fuerza atómica, no tendrá problemas en admitir que los átomos son, efectivamente observables. Es indudable que la observación instrumental ha difuminado la distinción entre lo observable y lo no observable y que, además, algunas entidades que originalmente fueron muy especulativas pueden, con el tiempo, llegar a ser observables y manipulables rutinariamente en el laboratorio.1386

Van Fraassen no ignoró estas críticas y aceptó que no puede distinguirse a priori entre entidades observables y no observables,1387 pero argumentó, como hemos hecho en otras secciones de este libro, que un término puede ser útil aunque refleje una distinción vaga.1388 En cualquier caso, hay entidades que nunca podrán ser observadas directamente como los quarks o los electrones.

Sin embargo, aunque aceptemos esta salvaguarda, el antirrealista debería detallar qué criterios deberíamos seguir para decidir sobre qué entidades hemos de ser agnósticos y sobre cuáles no. Además, el realista puede plantear legítimamente que si el antirrealista ha dado un salto inductivo para aceptar la existencia de los gatos o de los átomos, ¿por qué no debería también admitir la existencia de las entidades no observables?1389 No es fácil dar una justificación válida que rescate a los gatos, pero no que no arrastre consigo algunas entidades teóricas.

22.12 El problema de la subdeterminación

Sin embargo, aunque es justo admitir que los realistas disponen de un puñado de buenos argumentos para responder al escepticismo antirrealista, hemos de reconocer que Van Fraassen y compañía guardan un último as en la manga: la subdeterminación. Este es un problema, que como hemos comentado, está asociado al de la inducción y que no puede ser solucionado por completo. Por muy precisa que sea nuestra teoría siempre cabe la posibilidad de que haya otra que también sea empíricamente adecuada, pero que plantee una metafísica, especialmente para aquellas entidades más sumidas en el entramado teórico, completamente diferente. ¿No debería un empirista considerar estas dos teorías como equivalentes a pesar de sus diferencias teóricas? Y en ese caso: ¿por qué habríamos de preferir la ontología teórica propuesta por una de ellas?

Poincaré, en parte influido por el descubrimiento de las geometrías no euclídeas, planteó el convencionalismo: cuando se dispone de varias teorías empíricamente adecuadas podemos elegir una sin comprometernos con su metafísica, simplemente, por convención o conveniencia, por ejemplo, por su facilidad de uso.1390 Poincaré defendió la elección de una teoría u otra en base a razones superempíricas, pero al hacerlo no pedía que nos comprometiésemos con que la elegida representase la realidad última. Simplemente se elegiría una de las teorías empíricamente adecuadas por convención.

Además, incluso en el caso de que actualmente sólo se disponga de una teoría, siempre debemos recordar que, en el futuro, podría plantearse una nueva alternativa, hasta ahora desconocida, que podría ser mejor que la actual a pesar de plantear una metafísica radicalmente distinta. Recordemos que Planck, a finales del siglo XIX, no pensaba que la física clásica fuese a caer, que el tiempo fuese a dejar de ser absoluto o que la solidez y la identidad de las partículas se nos fuese a perder en una extraña maraña cuántica, pero, aún así, sucedió: la familiar metafísica, que Planck asumía como real, se desmoronó como un castillo de naipes. Este argumento está relacionado con el pesimismo meta-inductivo, no sólo existe la posibilidad teórica de que nuestras ontologías más queridas se desmoronen, sino que en el pasado han caído espectacularmente.

22.13 Resumen

Es indudable que tanto las teorías científicas como la mayoría de nuestras creencias cotidianas tienen una relación estrecha con la realidad externa, sin embargo, establecer la naturaleza de esta relación no es trivial.

Una teoría es empíricamente adecuada cuando describe correctamente las partes observables del mundo externo. Debido al problema de la subdeterminación, puede haber teorías con propuestas metafísicas muy diferentes que tengan consecuencias observables muy similares. Incluso, ha habido modelos, como el de los epiciclos de Ptolomeo que, a pesar de tener una alta adecuación empírica, no se correspondían en absoluto con la realidad: los epiciclos no existen.

Lo más relevante de las teorías científicas es que son instrumentos útiles. La adecuación empírica es suficiente para actuar en el mundo y para crear tecnologías. Además, mientras que el progreso en la adecuación empírica suele ser suave, el cambio metafísico puede ser abrupto. Las teorías clásicas fueron reemplazadas por alternativas contemporáneas que sólo eran un poco más precisas en los territorios previamente explorados, pero que, al mismo tiempo, plantearon un cambio metafísico radical.

Comprender esta diferencia entre adecuación empírica y metafísica es vital para la sociedad. Los cambios metafísicos pronunciados son utilizados habitualmente por los enemigos de la razón para tratar de justificar que la ciencia no tiene una relación especial con la realidad: si los científicos cambian de opinión radicalmente no tiene sentido confiar en ellos más de lo que confiamos en los brujos. Y esto lo escriben sin pudor en un portátil y se lo envían a sus editores por internet mientras la NASA envía naves a Plutón utilizando la mecánica newtoniana.

Otra lección fundamental es el verificacionismo matizado. La percepción es nuestra principal fuente de información sobre el mundo externo y la evaluación de nuestras creencias relativas al mundo externo debe estar estrechamente ligada al empirismo. La conexión informacional con las entidades postuladas es crítica y cualquier propuesta que no tenga consecuencias empíricas es mera sofistería.

Durante el siglo XX, y lo que llevamos del XXI, los filósofos de la ciencia han discutido estas cuestiones partiendo desde dos posiciones enfrentadas: la realista y la antirrealista.

Los antirrealistas sostienen que, dado que las teorías se aceptan o se rechazan, principalmente, en base a su adecuación empírica, el empirista sólo tendría que tratar de construir teorías empíricamente adecuadas. El antirrealismo sería un simple corolario del empirismo. El empirista se limitaría a estudiar las regularidades encontradas en el cosmos y habría de asumir, con modestia intelectual, que el asalto de los cielos metafísicos, el ansia por alcanzar la naturaleza última de la realidad, nos ha dejado, en demasiadas ocasiones, un sabor amargo a quimeras rotas. La caída de teorías con un amplio soporte empírico no es una mera posibilidad filosófica, la metafísica asociada a la física clásica cayó y resultaría extraño que nuestras teorías fundamentales no vayan a sufrir un destino similar. La subdeterminación puede ser implacable y, además, no tenemos forma de predecir cuál será la dirección del cambio ontológico.

Sin embargo, los realistas nos recuerdan que el objetivo de la ciencia es comprender la realidad; no se trata tan sólo de crear teorías útiles, sino de entender la naturaleza del cosmos. El ethos científico debe asumir las necesarias cautelas empíricas, pero, al mismo tiempo, ha de recordar el ejemplo de Galileo: la Tierra, en última instancia, o se mueve o no se mueve. Además, este objetivo acaba influyendo en la investigación: las críticas de Einstein al antirrealismo de Bohr se convirtieron en un programa de investigación que condujo a la confirmación experimental de las desigualdades de Bell. Y también es importante recordar que se han hecho predicciones de entidades teóricas, como los átomos y los positrones que, más tarde, no sólo se han confirmado, sino que hemos podido manipular.

Podría parecer que nos encontramos en un impasse difícil de superar, pero no hay que alarmarse, hay filósofos productivos que han conseguido plantear respuestas satisfactorias.

Aunque es cierto que en física fundamental no podemos anticipar una dirección ontológica clara, en otras ciencias las ontologías están mucho mejor asentadas: ni los gatos ni los átomos serán descartados por ninguna teoría futura y también seguiremos creyendo que hay enfermedades causadas por los virus.

Además, conviene recordar que, en el fondo, nuestra confianza en las entidades observables y no observables surge de la misma fuente, de nuestra conexión informacional con ellas y, por otro lado, siempre es necesario hacer un salto inductivo; la aceptación de la existencia de los gatos también se basa en una información limitada del mundo externo. Por eso no es de extrañar que la línea entre lo observable y lo no observable haya sido difuminada, con el tiempo, por la observación instrumental.

Lo que sí es cierto es que cuanto mayor sea el salto, más cautos habremos de ser, cuanto más nos alejemos en nuestra red de creencias de las regiones mejor ancladas empíricamente, más recomendable será la prudencia. Los átomos quedarán porque habitan una parte de la red teórica suficientemente cercana a numerosos aspectos empíricos como para que la estructura de esa región de la red pueda ser modificada significativamente por cualquier teoría futura empíricamente adecuada. Un anclaje empírico más o menos importante implica una rigidez mayor o menor en la estructura de nuestras creencias. Explicar esta propuesta constituirá el cometido del siguiente capítulo.