Prefacio

A principios de los 80 en mi barrio los jóvenes morían por la heroína, pero había otros mundos. Mi barrio nunca fue mi mundo. Una noche de julio de 1982,1 un señor de cabello imposible y voz cautivadora se asomó a la tele y dijo: “El Cosmos es todo lo que es, lo que fue o lo que será. La contemplación del Cosmos nos perturba. Sentimos un hormigueo en la espina dorsal, un nudo en la garganta, una vaga sensación, como un recuerdo lejano en el que nos precipitamos al vacío. Sabemos que nos estamos acercando al mayor de los misterios.” Así empezaba Cosmos, la serie de Carl Sagan en la que muchos encontramos nuestro hogar. Mi barrio era el cosmos y yo debía conocerlo.

Nuestro maestro, durante 13 semanas, nos fue explicando cual había sido nuestro origen. Nos contó que los átomos que nos componen habían sido forjados en colosales explosiones, en el Big Bang y en el corazón de las estrellas. Mucho más tarde, en un pequeño planeta a las afueras de la galaxia, un proceso de copia y selección se puso en marcha, un proceso ciego y extremadamente lento, pero que millones de años más tarde acabó por dar lugar a unos ojos capaces de mirar asombrados al cosmos que los había alumbrado.

En aquel momento yo entendí más bien poco, tenía 9 años, pero me quedé fascinado, el cosmos no sólo era extraño, era mucho más extraño de lo que jamás pudimos soñar. La Tierra se mueve a 30 kilómetros por segundo alrededor del Sol y dentro de una gota de agua hay mundos microscópicos llenos de vida. El cosmos es un lugar encantado. Lewis Carroll intentó lanzar a Alicia a un mundo extraño, pero tanto el mundo de Alicia, como el descrito por cualquier mito precientífico, palidecen frente a la profunda extrañeza de la realidad; la imaginación humana es muy provinciana.

Dijo Sócrates, antes de que sus vecinos lo condenasen a muerte, que la vida sin reflexión no merece la pena. Probablemente exageraba, pero tengo claro que la mía me sabría a poco sin la pasión por aprender sobre el cosmos y sobre nuestro pequeño papel en él. Gracias a Carl Sagan ahora sabía que no estaba solo y sabía cuál era mi hogar.

Además, el conocimiento no es sólo apasionante, es el fundamento de las aplicaciones tecnológicas que hacen posible que miles de millones de seres humanos habiten el planeta. Mira a tu alrededor, ¿hay algo de lo que te rodea que no haya sido creado por la tecnología? ¿La ropa que vistes, la tinta del libro que lees? Intenta señalar algo que no haya sido afectado por la tecnología. Vivimos en un mundo complejo e interrelacionado que debe más a Galileo y Edison que a cualquier político. Nuestra dependencia de la tecnología no es opcional. Sin la medicina actual muchos habríamos muerto ya. ¿Quién no tiene a un familiar o un amigo diabético dependiente de la insulina transgénica? Sin agricultura altamente productiva habría mucha más hambre. En los últimos 50 años la población mundial se ha doblado,2 pero también lo ha hecho la productividad media de los campos de arroz, uno de los alimentos básicos de la humanidad,3 llegando a ser de 4 toneladas por hectárea en el año 2000.4 Cuando la roya de la patata destruyó las cosechas irlandesas entre 1845 y 1849 un millón de personas murió y otro millón tuvo que emigrar.5

Sin embargo, desde hace unos años, lo que más me llama la atención no tiene tanto que ver con el conocimiento que hemos acumulado, sino con el proceso que lo ha generado. ¿Cómo hemos llegado a saber lo que sabemos? ¿Cómo debemos determinar qué es razonable creer y qué no? Nuestra maquinaria cognitiva evolucionó para resolver problemas relacionados con la supervivencia en la sabana, pero, a pesar de las limitaciones que impone la adaptación a un entorno tan específico, hemos conseguido averiguar que el secreto de la vida reside en el apareamiento químico de cuatro moléculas, los cuatro nucleótidos que componen el ADN. ¿Cómo ha podido un mono desnudo y engreído dar el salto de la sabana a las estrellas? ¿Habrá conocimientos que estarán por siempre más allá de lo que nuestro cerebro provinciano será capaz de comprender?

Podría pensarse que como investigador profesional tal vez debería tener claro cómo funciona la ciencia, cuáles son sus fortalezas y sus límites, pero lo cierto es que cuando me pregunté por el proceso que yo mismo seguía en el laboratorio de genética, mis ideas fueron muy vagas. No fui capaz de detallar en qué consistía dicho método, ni de comparar sus virtudes y limitaciones con otras aproximaciones. A pesar de lo que podría pensarse, los científicos solemos tener un conocimiento muy superficial sobre estas cuestiones. Afortunadamente, existe un área del conocimiento que tiene como objetivo entender la actividad científica: la filosofía de la ciencia.6

Dado mi desconocimiento probablemente no sea yo la persona más adecuada para tratar de explicar estas cuestiones en un libro. No soy un experto ni en filosofía ni en historia de la ciencia y temo cometer un error en cada frase. La filosofía debe practicarse con un rigor lógico que, por desgracia, yo no podré alcanzar. Si he decidido intentarlo, a pesar de todo, es por tratar de facilitar el acceso a estos temas a otros lectores interesados. Hay un gran número de textos que tratan estas cuestiones, pero muy pocos que me parezcan accesibles para el principiante. Casi todos asumen un conocimiento previo de la filosofía de la ciencia o, al menos, de la filosofía en general. Una posible ventaja de mi falta de experiencia es que tengo algo más fresco el camino que he recorrido, así como los principales obstáculos que he encontrado. Espero que esto compense el riesgo que conlleva mi inexperiencia. Además, aunque trataré siempre de mostrar las tesis de las diferentes escuelas filosóficas con justicia, el lector hará bien en recordar que en un texto como este es imposible evitar que transcienda el punto de vista de quien compila el material.

Al escribir tengo en mente a distintos posibles lectores. En primer lugar, pienso en un ciudadano consciente del papel crucial que el conocimiento científico y técnico tienen en nuestra sociedad. Si queremos tener las mejores opciones para solucionar los problemas a los que nos enfrentamos, como el cambio climático o futuras pandemias, debemos entender las fortalezas y las debilidades del proceso científico y de nuestro proceso individual de adquisición de conocimiento. ¿Es la llamada agricultura ecológica el mejor modo de minimizar el impacto ambiental de la generación de alimentos? ¿Debemos fomentar el uso de la energía nuclear para paliar el cambio climático o debemos limitar su uso dados sus riesgos? Responder racionalmente a estas preguntas exige algo más que mero conocimiento, requiere evaluar su proceso de generación.

Cuando decidimos utilizar la medicina convencional o sustituirla por alguno de sus sucedáneos estamos tomando una posición filosófica. Al considerar como válida sólo la medicina que ha sido consensuada por los expertos estamos aceptando el consenso científico como la mejor aproximación al conocimiento de la realidad. Aunque dados los terribles errores del pasado, como el de la talidomida7 o las injerencias de la industria farmacéutica en la investigación sanitaria,8 ¿qué confianza merece ese consenso?

Es cierto que debemos dudar y cuestionar, pero la pregunta clave es cuánto. Veremos que, dadas unas evidencias, un pensador racional, en principio, debería albergar un grado de confianza determinado. Creer que cualquier conclusión obtenida por la comunidad científica se mantendrá sin variación en el futuro es irracional, pero no lo es menos desconfiar de la eficacia del calendario estándar de vacunas. En algunos sectores de la sociedad la desconfianza en los expertos y la credulidad con que se aceptan las afirmaciones de los charlatanes es tan alta que es posible incluso vender una terapia basada en ambientadores llenos de mierda tratada con imanes9 o afirmar, mientras mueren miles de personas al día, que no existe el virus que las está matando. Esto no debería suceder en un mundo cuyo progreso está estrechamente ligado al avance tecnológico y que haría bien en recordar los ideales ilustrados.

Al parecer amplios sectores sociales han olvidado las conclusiones fundamentales de nuestros maestros más racionales. A lo largo de la historia los filósofos y los científicos, desde Aristóteles a Ioannidis, un fuerte crítico del inadecuado uso de la estadística en la ciencia actual,10 se han esforzado por mejorar el proceso de generación de conocimiento y si aspiramos a ser racionales deberíamos considerar sus recomendaciones y sus avisos, tanto al evaluar el consenso científico como en nuestra vida cotidiana. No somos tan racionales como creemos, y conocer las fortalezas y las debilidades de nuestro pensamiento nos ayuda a no ser engañados. Aprender a razonar disciplinadamente requirió el esfuerzo de muchos pensadores a lo largo de la historia, pensar sistemáticamente no es espontáneo ni intuitivo, hemos de esforzarnos para aprender y hemos de entrenarnos para que esta disciplina se convierta en hábito. Si tuviese que elegir preservar uno sólo de los resultados conseguidos por la ciencia no elegiría ningún conocimiento concreto sino las lecciones sobre cómo debemos generarlos. El proceso es más relevante que cualquier conclusión.

Otro posible lector que tengo en mente es un compañero del movimiento escéptico. De ellos he aprendido mucho, especialmente sobre las debilidades del pensamiento humano. Los escépticos contemporáneos persiguen la difusión del pensamiento racional y, por lo tanto, tienen en muy buena consideración el proceso científico. De hecho, en algunas ocasiones, tengo la impresión de que el escéptico típico suele tener a la comunidad científica en mejor consideración que yo mismo, que la observo desde dentro.

Por último, recomendaría a mis compañeros científicos que hiciesen el esfuerzo de acercarse a la filosofía de la ciencia. Sin embargo, asumo que este consejo sorprenderá a muchos. Entre los científicos es común encontrar actitudes que abarcan desde la indiferencia hasta la hostilidad. Hay quien considera que la filosofía es una especie de preciencia, un conjunto de especulaciones de sillón que deben ser abandonadas una vez que un área de conocimiento madura y se convierte en científica. Stephen Hawking declaró muerta a la filosofía, y lo hizo, precisamente, después de enumerar una lista de cuestiones filosóficas, como cuál es la naturaleza de la realidad o si es necesario postular un creador del universo.11 Neil deGrasse Tyson ha llegado a afirmar que estudiar filosofía puede estropearte. Si esto es cierto, yo estoy más allá de toda redención posible, no sólo he leído sobre filosofía, sino que, gracias a lo que he aprendido, ahora creo entender mejor mi trabajo como científico. Richard Feynman, uno de mis héroes, dijo una vez:

La filosofía de la ciencia es tan útil para un científico como la ornitología para un pájaro.

En realidad, esta actitud es difícil de justificar si pensamos que la ciencia se desarrolla dentro de un marco filosófico concreto determinado por sus asunciones y sus métodos y que el mismo Feynman dedicó muchas páginas a hablar sobre cómo debía hacerse la ciencia de calidad. La aproximación científica asume que existen modos mejores y peores de obtener conocimiento, que hay estándares que deben seguirse y ésta es una cuestión filosófica. No se puede hacer ciencia sin estar haciendo a la vez filosofía. La filosofía y la ciencia están inevitablemente entrelazadas, tanto que no es trivial delimitarlas. Además, no podemos elegir hacer o no hacer filosofía, sólo si la filosofía que estamos haciendo es buena o mala.12 Incluso si eres un científico que cree que lo que haces poco tiene que ver con la filosofía deberías entender las críticas filosóficas lo suficiente como para poder defenderte de ellas y, al hacerlo, habrás entrado de lleno en terreno filosófico. Si no reflexionas sobre las razones filosóficas de tu quehacer puede que, en realidad, estés asumiendo una filosofía poco desarrollada y fácilmente criticable.

Además, Feynman era muy consciente de que los pájaros nacen siendo pájaros, pero los humanos no nacen siendo científicos, deben aprender. Hay quien piensa que los niños son científicos natos. Nada más absurdo. Aristóteles, uno de los pensadores más profundos de la historia, dedicó un gran esfuerzo a reflexionar sobre cómo debía estudiarse el cosmos y, sin embargo, desde la perspectiva de la ciencia moderna debemos considerar su enorme contribución como un simple paso más. Si el pensamiento científico es intuitivo, ¿cómo es que este inmenso filósofo, profundamente preocupado por la cuestión de cómo hemos de estudiar el cosmos, no llegó a dar con las claves posteriores? El problema es que el pensamiento científico dista mucho de ser intuitivo. Decimos que la ciencia debe basarse en las evidencias, pero Galileo, a pesar de que sus sentidos le indicaban lo contrario, estaba seguro de que la Tierra se movía. A pesar de esto, el pensamiento científico no es esencialmente distinto del intuitivo, ambos se sustentan sobre la percepción y sobre los mismos tipos de inferencias elementales, la única diferencia es que el científico debe ser mucho más sistemático y crítico. El científico necesita reflexionar sobre cómo proceder en sus investigaciones y esto es en parte metodología científica y en parte filosofía de la ciencia.

Einstein pensaba que era precisamente esa perspectiva filosófica la que distinguía al técnico del verdadero científico.13 Conocer el alcance y las limitaciones de nuestra aproximación al estudio del cosmos puede ayudarnos a hacer buena ciencia y, muy especialmente, nos ayuda a no caer en un exceso de confianza.

Los científicos suelen aprender a hacer ciencia practicando junto a sus maestros. Aprendemos más junto a la máquina del café, conversando con nuestros maestros y compañeros, que en cursos formales y, al ser una gran parte de esta transmisión implícita, no es común que seamos capaces de explicar con precisión las reglas del juego. Nos parecemos al ciclista que sabe mantener el equilibrio, pero no es capaz de explicar cómo lo hace. Tal vez este proceso de aprendizaje se pueda mejorar haciendo más explícitos los modos de razonar, las asunciones filosóficas y las limitaciones que conllevan.

Resulta curioso que intelectuales como Hawking, Tyson o Laurence Krauss, que se abstendrían de criticar áreas de la ciencia que desconocen, se atrevan a hacer afirmaciones tan equivocadas sobre un área de conocimiento, la filosofía de la ciencia, que, claramente, desconocen.14 Tal vez parte del problema radique en el problema de imagen que tiene la filosofía: son muchos los que piensan que los filósofos son una especie de gurús completamente alejados de la realidad15 y, además, es cierto que hay mucha filosofía absurda. Veremos, por ejemplo, que hay filósofos que han llegado a afirmar que la ciencia no es metodológicamente distinta del vudú. Sin embargo, sería un error muy serio creer que estas estupideces son compartidas por una parte significativa de los filósofos de la ciencia actuales.

Incluso es cierto que entre los filósofos que se ocupan de otras áreas sí se pueden encontrar actitudes muy negativas frente a la actividad científica.16 Pero hemos de recordar que la filosofía es un área de conocimiento muy amplia, que abarca desde regiones cercanas a la literatura a disciplinas indistinguibles de la lógica y las matemáticas. Al primer estilo de hacer filosofía, al que practicaban Sartre, Camus o Derrida, se le suele llamar continental y al segundo, el ejercido por Russell, Carnap o Popper, se le denomina analítico. Ambas aproximaciones suelen estar asociadas a la reflexión sobre problemáticas muy distintas: es habitual que un filósofo continental estudie las consecuencias de la falta de sentido transcendente en lo humano, mientras que la epistemología es un tema que se presta más a un tratamiento analítico. Los filósofos de la ciencia suelen pertenecer a la corriente analítica y se caracterizan por razonar muy rigurosamente sobre temas que, frecuentemente, pueden parecer muy alejados de nuestra vida cotidiana. Además, suelen presentar sus conclusiones de un modo muy sobrio al que es difícil aproximarse, mientras que los filósofos continentales suelen escribir de forma más accesible sobre temas de interés social. Los filósofos analíticos llegan a tener preocupaciones que, a primera vista, pueden parecer muy extrañas. Bertrand Russell, uno de los fundadores de la aproximación analítica, se propuso en sus Principia Mathematica establecer unas bases lógicas sólidas para las matemáticas; estaba preocupado por la justificación lógica de que 1 más 1 fuesen 2. James Laydyman, uno de los filósofos de la ciencia contemporáneos más reputados, ha dedicado muchas páginas a evaluar si podemos considerar la existencia de los entes comunes, como los gatos, como suficientemente justificada. Estos asuntos más técnicos no suelen comentarse fuera de los círculos filosóficos profesionales, lo cual contribuye a que sean los filósofos continentales los más escuchados en los medios de comunicación generalistas, a pesar de que, en muchas ocasiones, a largo plazo, el precio del pan ha acabado dependiendo de esas complicadas discusiones técnicas. Es más sencillo discutir en la radio sobre el papel de la mujer en la sociedad que sobre las limitaciones de la justificación lógica de la aritmética. Incluso aunque aprender filosofía no tuviese ninguna otra utilidad, sólo el hecho de que nos sirve como escudo para defendernos de la gran cantidad de mala filosofía que puebla tanto la sociedad general como el mundo académico ya haría que mereciese la pena.

A pesar de esto, sería injusto culpar exclusivamente a los continentales del problema de imagen que la filosofía tiene entre los científicos. Los propios filósofos de la ciencia también han sido responsables, sobre todo en los años 70 y 80, de este alejamiento. En la segunda mitad del siglo XX la filosofía de la ciencia sufrió una profunda crisis, que le ha permitido madurar y de la que los científicos tenemos mucho que aprender, pero que, por un tiempo, la llevó por caminos excesivamente críticos con el proceso científico. A principios del siglo XX, el positivismo lógico, la corriente mayoritaria en aquella época, consideraba a la ciencia como un ejemplo de pensamiento racional. Sin embargo, esta visión optimista fue severamente cuestionada en los años 50 y 60. Se concluyó que los resultados científicos dependen, en parte, de las dinámicas sociales internas de la comunidad científica y no sólo, como se había asumido hasta entonces, de las evidencias y la lógica. Esta es la época de los famosos paradigmas de Kuhn y del vudú. Algunos, en vez de limitarse a recomendar cautela a los científicos, concluyeron que la ciencia era una mera construcción social sin una relación especial con la realidad. Fueron este tipo de afirmaciones las que alejaron a los científicos, creando una ruptura que muchos, hoy en día, perciben como natural, pero que es muy reciente. En la generación anterior, Bohr y Einstein eran perfectamente conscientes de estar haciendo filosofía.

Por fortuna, a pesar de lo que afirmasen los filósofos y sociólogos más enajenados, las manzanas siguieron cayendo con la misma aceleración y los aviones siguieron cruzando los océanos diariamente, no tuvimos que cambiarlos por alfombras mágicas. De modo que las posiciones filosóficas acabaron madurando y se llegó a un equilibrio entre el optimismo positivista y el pesimismo de algunos de los seguidores de Kuhn. Hoy en día, tengo la impresión de que somos los científicos los que más tenemos que aprender. Los filósofos de la ciencia con los que me he cruzado tienen un conocimiento profundo sobre el proceder científico y son conscientes de que hay problemas serios en las comunidades científicas debidos a las dinámicas sociales, mientras que los científicos con los que trabajo son, en muchos casos, ajenos a estos peligros y, en demasiados casos, se sienten tentados de maquillar sus conclusiones para hacerlas más atractivas y de aligerar las críticas para no buscarse enemigos entre los científicos más reconocidos; cayendo así en los comportamientos que criticaron los sociólogos y los filósofos en los 70 y 80.

Dado que pienso tratar temas filosóficos relacionados con la ciencia, alguien podría pensar que también discutiré las evidentes implicaciones éticas de la ciencia y la tecnología, pero no lo haré. No es que piense que todas las aplicaciones del conocimiento sean positivas. Defender eso sería absurdo incluso aunque Hiroshima y Nagasaki no fuesen más que horrores de una distopia imaginada. El conocimiento tiene consecuencias, algunas positivas y otras negativas, algunas esperables y otras inesperadas y esto tiene claras implicaciones morales para los investigadores. Como nos recordaron los revolucionarios franceses y el tío de Spiderman: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.17

Además, es necesario evaluar la moralidad, no sólo de las posibles consecuencias de las aplicaciones tecnológicas, sino de los propios métodos utilizados para obtener el conocimiento científico y tecnológico. A veces los científicos han hecho experimentos claramente inmorales, como los médicos de Alabama que engañaron a enfermos de sífilis diciéndoles que estaban siendo tratados cuando, en realidad, eran el grupo control sin tratamiento.18 Es necesario hacer una evaluación ética de las metodologías utilizadas en las investigaciones y para ello se han creado los mecanismos institucionales correspondientes. Sin embargo, yo no trataré estos temas, no porque carezcan de interés, sino porque me he centrado en aprender sobre los aspectos más relacionados con la epistemología, con la justificación del conocimiento, con la lógica y las evidencias, y los temas éticos constituyen un área suficientemente diferenciada y compleja como para merecer otras obras.

Mi objetivo es hacer una introducción y, por lo tanto, no asumiré ningún conocimiento filosófico previo. Sin embargo, este ánimo introductorio no implica que vaya a simplificar demasiado los temas tratados. Mi intención es que introductorio no implique superficial. Siempre trataré de comenzar explicando las cuestiones básicas, pero a partir de ahí, poco a poco pretendo tratar los temas más complejos, por lo que no renunciaré a hacer un análisis profundo ni a utilizar terminología técnica. Además, conviene que tengáis en cuenta que es muy probable que algunos matices se me escapen, al fin y al cabo no soy un filósofo, sino un científico interesado por el tema.

Para hacer este camino más sencillo pretendo aprovecharme del desarrollo histórico de las ideas. Las propuestas filosóficas actuales son fruto de un desarrollo que ha ido, paulatinamente, refinando las respuestas iniciales. Por lo tanto, una presentación cronológica puede aproximarnos paulatinamente a las matizadas posiciones actuales. Sin embargo, que se vaya a utilizar la historia con un ánimo pedagógico no implica que pretenda, en modo alguno, escribir una historia de la filosofía. Si bien es cierto que la historia del pensamiento, descrita a grandes rasgos, puede facilitar la comprensión, no es menos cierto, que si intentamos estudiarla con más profundidad, dada su complejidad, nos enredaremos con mil detalles que acabaron por no ser relevantes. La aproximación histórica será sólo un medio, un instrumento subordinado a la pedagogía.19 Además, aunque el hilo general siga un desarrollo aproximadamente temporal desde la antigüedad hasta la modernidad, la organización del texto será, principalmente, temática, por lo que iré saltando hacia adelante y hacia atrás en el tiempo.

El texto estará compuesto por varias secciones que, tal vez, puedan interesar a distintos lectores en distinto grado y que pueden ser leídas independientemente. Aunque si se opta por saltarse alguna de ellas, es importante tener en cuenta que las secciones posteriores asumirán un conocimiento de las cuestiones básicas tratadas en las anteriores. Los capítulos incluidos en Antes del principio tratarán sobre el problema de cómo surge la capacidad de conocer, sobre las limitaciones del razonamiento humano y sobre la diferencia entre la ciencia y la tecnología. A continuación, en El triunfo de la razón, discutiremos qué es la filosofía, cuál es su relación con la ciencia y algunas cuestiones epistemológicas elementales como, por ejemplo, qué es el conocimiento. En Hechos, modernos y reaccionarios hablaremos sobre las características de la ciencia moderna y sobre las reacciones, tanto positivas como negativas, que suscitó su aparición en la sociedad. En La pérdida de la inocencia trataremos sobre las limitaciones de la aproximación científica. Espero que esta sección apacigüe un tanto el optimismo de los defensores más fervientes de la aproximación científica. Esta sería, además, la sección en la que, probablemente, comenzaría un libro sobre filosofía de la ciencia más habitual que asumiese un conocimiento previo sobre los fundamentos de la epistemología y del proceder científico. Por último, en Verdad y metafísica haremos una incursión en terrenos más metafísicos y en Bayesianismo en los avances más recientes en inferencia bayesiana. Cada capítulo termina con un breve resumen de las ideas que considero más relevante. Esto puede ser utilizado por los lectores para limitar su lectura a algún capítulo concreto. El libro termina con un resumen final que, espero, integre los distintos hilos en una visión conjunta.

Cuentan que Odín tenía un hambre voraz de conocimiento y que estaba dispuesto a hacer grandes sacrificios para conseguirlo. En una ocasión se adentró en la guarida de Mímir el gigante protector de las fuentes de la sabiduría, situadas en las raíces de Yggdrasil, el árbol de la vida. Odín pidió beber de la fuente y Mímir le exigió un ojo a cambio, precio que Odín, siempre hambriento, estuvo dispuesto a pagar.20 Yo no tengo el conocimiento de un gigante mitológico, ni siquiera el de un experto y, aunque lo tuviese, no exigiría un ojo como pago. Pero no quiero engañar a nadie, aunque considero que el estudio de la obtención y la justificación del conocimiento son temas apasionantes y de gran relevancia social, aviso que pretendo dedicar bastantes líneas a evaluar si nuestras creencias relativas a la existencia de los gatos y de que sus piruetas están regidas por la fuerza de la gravedad están suficientemente justificadas. No será necesario pagar con un ojo, pero, tal vez, sí se requiera algo de atención y puede que un pequeño esfuerzo.