1 Origen, evolución y conocimiento

En el principio no fue la palabra, durante eones no hubo ni palabras ni vida en el cosmos, tan sólo un desierto infinito. Y, por supuesto, sin seres mínimamente complejos, tampoco había ni conocedores ni conocimiento; para conocer se requiere un sujeto que posea unos mecanismos que le permitan generar, acumular y transmitir conocimiento. Del mismo modo que la vida surge a partir de la vida, tampoco hay generación espontánea en el conocimiento, no se puede empezar a conocer desde cero, se requieren unas bases mínimas sobre las que empezar a construir. Sin embargo, en este inmenso desierto regido por las simples leyes de la física y la química, tras miles de millones de años de esterilidad, y gracias a un proceso dolorosamente lento e ineficiente, terminó por surgir, al menos, un oasis; el cosmos alumbró vida y con ella las primeras formas de conocimiento.

1.1 Vida y propósito

La vida es un fenómeno peculiar, medra en la fina línea que separa el orden del caos, una frontera caracterizada por una constante huida del equilibrio, y para conseguirlo necesita acumular conocimiento sobre la estructura del cosmos.21 Es común asociar la vida al equilibrio, pero es un error, lo que convierte a la vida en un fenómeno enigmático e interesante es, precisamente, su huida del equilibrio.22

Un sistema aislado que haya alcanzado el equilibrio permanecerá inmóvil e inerte para siempre, pero un ser vivo no se encuentra en equilibrio, actúa sobre su entorno para conseguir sobrevivir y cuando deja de tomar ese papel activo muere. Esta característica es tan esencial que los astrónomos consideran que la detección de una atmósfera alejada del equilibrio químico es una posible evidencia de vida.

El equilibrio está relacionado con una magnitud física denominada entropía. La segunda ley de la termodinámica dicta que en un sistema aislado la entropía tenderá a aumentar hasta llegar al equilibrio, que se caracteriza por ser el estado de máxima entropía. Sin embargo, los seres vivos huyen de este estado de máxima entropía, de la muerte.

La entropía se describió en el siglo XIX como una medida del trabajo que podía ser extraído de una fuente de energía. Hay energías de mejor y peor calidad, algunas permiten realizar más trabajo que otras. Por ejemplo, el carbón contiene energía química de buena calidad, de baja entropía, que nos permite mover una locomotora. Una vez la locomotora ha llegado a su destino, quemando el carbón, la cantidad de energía del sistema completo no ha variado, la energía se conserva. En este caso, la energía que contenía el carbón se ha convertido en calor. Lo que sí ha variado es que esta forma final que ha adoptado la energía, el calor dispersado en el ambiente, tiene una mayor entropía, es de menor calidad y no nos permite realizar trabajo.

Los seres vivos debemos buscar fuentes de energía de buena calidad, es decir, de baja entropía, para poder realizar los trabajos necesarios para continuar viviendo. Un gato digiere alimentos que contienen energía química con baja entropía y, como la locomotora, realiza trabajo útil, se mueve, se reproduce y piensa, a costa de transformar esa energía química en calor, aumentando así la entropía.

Sin embargo, aunque la termodinámica y la química de las locomotoras y los gatos sean muy similares, parece existir una diferencia fundamental entre ambos. El gato está animado, tiene un propósito: conseguir alimentos para mantenerse vivo, y sabe cómo aprovechar la estructura del rincón de universo que le rodea para conseguirlo. El gato interviene en el cosmos, no es un simple sujeto pasivo. La locomotora, en cambio, es un ser inerte y abandonada a su suerte llegará al equilibrio sin hacer nada por evitarlo. Esta es una diferencia fundamental entre los seres vivos y los inertes. No obstante, a pesar de la importancia de esta diferencia no encontraremos una sustancia vital, una energía propia exclusiva de los seres vivos que explique este comportamiento, la química y la termodinámica de ambos tipos de sistemas son muy similares.

Para que el cosmos haya generado seres vivos con propósitos y con conocimiento para llevarlos a cabo se requieren dos elementos. En primer lugar, debe disponerse de una fuente de energía de alta calidad, en nuestro caso el Sol, mientras que el segundo ingrediente es un éxito reproductivo relacionado con algunas de las características heredadas. Es decir, se necesita selección natural. Los gatos, por ejemplo, cumplen estos requisitos, se reproducen con pequeñas modificaciones heredables y su éxito reproductivo depende de estas diferencias, por lo tanto, su especie evoluciona por selección. Esto hace que poco a poco vayan adaptándose al ambiente que ocupan, que su genoma acumule el conocimiento requerido para explorar el entorno más eficientemente. Tanto el propósito como el conocimiento pueden surgir gracias a este proceso sencillo, pero inexorable, que caracteriza a los sistemas que se reproducen, se copian, con eficacias dependientes de sus características heredables.

1.2 Cristales, copia y evolución

Pero si los sistemas más sencillos capaces de reproducirse fuesen tan complejos como un gato, el cosmos no habría podido alumbrar vida alguna. Un gato es demasiado complejo, el salto en desde la química más simple habría sido un abismo insalvable. Por fortuna, existen sistemas mucho más sencillos que también pueden reproducirse.

Los cristales, no el vidrio, sino los verdaderos cristales, son estructuras altamente ordenadas. Son ejemplos clásicos de estructuras cristalinas, por ejemplo, los pequeños cubitos que forman la sal de mesa. Estos cubitos están compuestos por millones de átomos de cloro y sodio ordenados según un patrón fijo. Cada átomo de sodio está rodeado por 6 átomos de cloro y, a su vez, cada átomo de cloro está rodeado por 6 átomos de sodio. Esto da lugar a una estructura cristalina con una simetría cúbica en la que hay filas con millones de átomos de cloro y sodio alternados. Los cristales tienen simetrías equivalentes a las que se generan al cubrir con azulejos una superficie. Cada granito de sal es el resultado de esta ordenación y se formará siempre que tengamos una disolución acuosa con suficientes iones de sodio y cloro disueltos en ella.

En principio, podría parecer que este proceso de cristalización tiene poco que ver con la reproducción de los seres vivos, pero en realidad son dos procesos químicamente muy similares. La maquinaria que encierra la información para crear un gato también es una especie de cristal, una estructura química ordenada,23 y la copia del material genético puede considerarse como una forma sofisticada de cristalización. El ácido desoxirribonucleico, el ADN, es una molécula, que, como los cristales de sal, está formado por unidades repetidas. En el caso del ADN las unidades, los nucleótidos, se repiten formando una estructura lineal en vez de una estructura tridimensional como la que hemos descrito para la sal de mesa, pero esta no es una diferencia esencial. Lo relevante es que en el ADN cada posición puede estar ocupada indistintamente por cuatro elementos, los cuatro nucleótidos: adenina (A), citosina (C), guanina (G) y timina (T). Cualquiera de ellos puede formar uno de los eslabones de la cadena de ADN sin que se altere su estructura. Sin embargo, la sal común no es tan versátil, el patrón debe ser siempre el mismo: cloro, sodio, cloro, sodio, cloro, sodio, etcétera. La sal es la esencia del aburrimiento químico, mientras que el ADN es un cristal aperiódico de secuencia variable.

Erwin Schrödinger, basándose en las capacidades de transmisión de la información genética de los seres vivos, antes de que se conociese la estructura del ADN, hizo esta predicción extraordinariamente lúcida: el material genético debía ser un cristal aperiódico,24 y acertó. El ADN tiene una misma estructura molecular, la doble cadena, independientemente de su secuencia de nucleótidos. Esto es algo que la sal común no puede hacer y es, precisamente, en esta diferencia donde radica su capacidad de almacenar información.

Sin embargo, este es sólo el primer truco químico, el segundo es el apareamiento de las bases, una característica que permite que el material genético se copie y que los seres vivos se reproduzcan. En 1952 el químico Erwin Chargaff observó una relación entre las cantidades de A, C, T y G presentes en el ADN de la mayoría de los seres vivos: normalmente, hay tantas adeninas como timinas y tantas citosinas como guaninas. Ésta fue la pista fundamental que permitió a Watson y Crick proponer que la adenina debía aparearse siempre con una timina y la citosina con una guanina. Es así como se compone la doble cadena.

Cada una de las dos cadenas es un cristal aperiódico y debido al apareamiento de A con T y C con G la información de una sola de las cadenas es suficiente para generar la otra. Es así como se copia la información genética. Aunque es cierto que en las células actuales el proceso de copia del ADN es muy complejo, en esencia, no es muy diferente de una cristalización y lo fundamental es que, gracias a los cristales aperiódicos, no necesitamos más que química para explicar el almacenamiento y la copia de la información genética.

1.3 La selección acumula información sobre el entorno

Sin embargo, hay algo que la simple química no parece capaz de explicar. En el genoma del gato, en su secuencia de nucleótidos, está contenida la información sobre cómo construir sus sensibles oídos y sus afiladas garras y sobre cómo interaccionar con el entorno para conseguir huir del equilibrio químico, pero ¿de dónde surgen estas capacidades? Es aquí donde entra en escena la evolución, la responsable de acumular ese conocimiento.

Existen moléculas de ADN con distintas secuencias de nucleótidos. Esta diversidad puede surgir, por ejemplo, por errores en la copia del ADN. El resultado es que en una población de individuos siempre existirá una cierta diversidad genética generada por esos errores. Estas mutaciones, estos cambios, no ocurren porque sean ventajosos, porque favorezcan el éxito reproductivo, sino que se dan al azar. De hecho, en muchos casos, no afectarán a ninguna función y, la mayoría de las veces, cuando lo hagan no incrementarán las posibilidades de reproducción del individuo, sino que las perjudicarán.

Pero que las mutaciones sean aleatorias no implica que la evolución lo sea, ya que la selección natural no lo es. La variación genética es sólo el material de partida. No todos los organismos se reproducen con la misma eficacia y el éxito reproductivo de un individuo depende, al menos en parte, de la secuencia de sus genes. Con el tiempo, el material genético que se reproduce con mayor dificultad acabará por desaparecer en favor del que se reproduce más eficientemente. Lo que funciona se queda, se selecciona, y lo que falla se desecha. Esta es la esencia del constraste de hipótesis biológico. El material de partida, las mutaciones, es informe y caótico, pero el resultado no lo es puesto que se elimina lo que no encaja. En esto consiste la selección, en recordar lo que funciona y olvidar lo deletéreo. Esta es la clave de la creación del propósito y de la acumulación de conocimiento en los procesos biológicos.

Imaginemos que una mutación hace que una molécula se reproduzca más fácilmente porque gracias a ella captura más fácilmente los nucleótidos que hay dispersos en el ambiente. En este caso, podríamos decir que la molécula ha aprendido a capturar mejor los nucleótidos para satisfacer su propósito de copia. De hecho, esta es la fuente original de propósito en el cosmos y para satisfacer ese propósito el material genético ha acabado codificando habilidades que le permiten explotar aspectos estables, regularidades, del cosmos. La información es la clave y la selección natural es el mecanismo que la va acumulando a lo largo de una serie ininterrumpida de generaciones que se remonta al principio de la vida misma. Esta información con la que se construyen los mecanismos que rigen el desarrollo de criaturas tan intrincadas como un colibrí o un gato, la información que les permite responder y explotar el medio que habitan. Cada variación exitosa encierra un pequeño detalle sobre la estructura del entorno que rodea al ser vivo, de modo que, al ir acumulándolas, la información genética, de algún modo, va capturando distintas regularidades de ese entorno. Esto es lo que permite al colibrí y al gato aprovecharse del entorno para reproducirse más eficientemente.

Una característica presente en cualquier conocimiento relativo al universo, no sólo el generado por la selección natural, es que siempre involucra una correlación entre dos sistemas físicos, uno el conocido y otro el conocedor. Por ejemplo, nuestro cerebro es un sistema físico que conoce y lo hace porque refleja una parte del entorno que le rodea, del objeto conocido. Cuando veo a mi gata sobre la mesa lo que está sucediendo es que dentro de mi cerebro se ha formado una percepción que refleja una realidad externa. Además, el modelo creado en mi mente, al reflejar aspectos del mundo externo, puede utilizarse para intervenir sobre él con el objetivo de obtener un resultado. Por ejemplo, puedo alargar la mano y acariciar el gato.

Llegados a este punto, merece la pena hacer un aviso. Los filósofos no suelen hablar del conocimiento en estos términos. La definición clásica propone que el conocimiento es una creencia verdadera y justificada. Es decir, es algo que creemos, que se corresponde con lo que existe realmente en el universo y que somos capaces de justificar mediante evidencias y lógica. Según la definición clásica sé que las manzanas caen con un movimiento acelerado porque es algo que creo y porque puedo mostrar evidencias experimentales de que efectivamente las manzanas que hay fuera de mi cabeza se comportan de ese modo. Esta es una definición que, aunque es muy razonable, excluye el conocimiento implícito, por ejemplo el conocimiento que permite actuar a los animales; mi gata, según la definición clásica, aunque puede saltar para subir a la mesa, no sabría nada sobre la gravedad porque no es capaz de hacer explícitas sus habilidades.

Además, en la definición clásica no se hace énfasis en que el sistema que tiene la creencia sea físico o no y, aunque podríamos relacionar la correlación entre el sistema conocedor y el conocido con las nociones de correspondencia y verdad y la acción exitosa con la justificación, la definición clásica, como veremos, requiere que la creencia sea explícita. El genoma del gato no es el primer ejemplo que suele acudir a la cabeza de un epistemólogo cuando piensa en conocimiento. El genoma puede dirigir la construcción de un oído excelente y de unas garras certeras, pero no puede explicarnos cómo lo hace. Ni tan siquiera los genetistas que llevan décadas estudiándolo son capaces de darnos los detalles del proceso. El genoma no se puede leer como un libro de instrucciones o como los planos de un arquitecto.

La mayoría de autores prefiere que la definición de conocimiento marque las diferencias entre las capacidades implícitas que poseen los gatos o nuestros sistemas perceptivos y las creencias explícitas de nuestros sistemas cognitivos y reservan el término “conocimiento” sólo para lo explícito. Esta posición me parece muy defendible, aunque, en el fondo, estaríamos discutiendo simplemente sobre qué etiquetas poner a unos conceptos y otros. Tal vez, podría reservarse el término conocimiento para lo explícito y saberes para lo implícito.

En cualquier caso, el proceso de acumulación de conocimiento por selección no sólo es válido para la evolución biológica, también puede describir, hasta cierto punto, el desarrollo científico. La clave del progreso científico radica en disponer de un proceso de evaluación de hipótesis que nos permita separar el grano de la paja. Cuando Kekulé, uno de los grandes químicos del XIX, dijo haber soñado la estructura del benceno a nadie le preocupó excesivamente que afirmase haber utilizado este extravagante método de generación de hipótesis, porque lo más relevante para el avance científico es que se disponga de mecanismos de justificación de hipótesis. Lo fundamental es que la estructura de Kekulé describía los hechos experimentales adecuadamente, que se correspondía con la realidad, que se hubiese generado en un sueño era secundario.

1.4 La evolución funciona a pesar de su ineficiencia

El mecanismo que permite a la evolución acumular conocimiento es sencillo, variación heredable y selección. El truco consiste en recordar sólo lo que ha funcionado en el pasado, de este modo consigue transformar el ruido generado por la mutación aleatoria en señal.25 Este proceso genera diseño, pero lo hace de un modo muy distinto al que utilizaría un diseñador. Mientras un ingeniero predice cómo funcionarán distintas ideas alternativas en el futuro, la selección se limita a volver a aplicar lo que funcionó en el pasado.26 Por ambos mecanismos pueden generarse sistemas capaces de cumplir una función, pero en el caso de la evolución, basada en la variación aleatoria, en el ruido, el proceso es muy ineficiente y requiere mucho tiempo. Por fortuna, si algo le sobra al cosmos es tiempo, el universo no es impaciente. Sin embargo, en el caso de la ciencia, si queremos que avance con eficiencia, deberemos preocuparnos por tener un mecanismo de generación de hipótesis más eficaz que las ensoñaciones de Kekulé.

El genoma del gato se escribió solo, a base de acumular errores, que, de vez en cuando, producían mejoras en las opciones que tenían los antepasados de los gatos actuales, pero la inmensa mayoría de las secuencias genéticas que se probaron desaparecieron, sólo unas pocas, muy pocas, han llegado a nuestros días. La evolución biológica no funciona porque sea inteligente, sino más bien al contrario, funciona a pesar de estar basada en un mecanismo de generación de la variación, la mutación, absolutamente ineficiente, absurdo y cruel.27

Es común pensar que los ecosistemas estables están caracterizados por una relación mutuamente beneficiosa entre la Tierra y sus habitantes que permite que las especies puedan sobrevivir y reproducirse. En una encuesta a estudiantes de ecología sólo un tercio fue capaz de reconocer la terrible verdad: la mayor parte de los seres vivos mueren sin descendencia.28 En este, como en muchos otros casos, quienes mejor describen la realidad son los periódicos satíricos: The Onion (la cebolla) publicó un artículo explicando que el grotesco asesino, la selección natural, se había cebado con los más jóvenes y los más débiles, el artículo se titulaba “La selección natural mata, en su día más sangriento, 38 cuatrillones de organismos.”29

Mi tesis doctoral la hice estudiando un gen, la frataxina, que al estropearse produce una enfermedad devastadora, la ataxia de Friedreich. La proteína codificada por el gen tiene un papel fundamental en la célula y cuando no puede producirse el resultado es una debilidad muscular extrema que suele terminar en una muerte prematura. Estos son los efectos típicos de generar mutaciones al azar: el sufrimiento y la muerte. El sistema, dado el tiempo suficiente, termina por generar conocimiento, pero lo hace a costa de los individuos. Este gen, la frataxina, es muy antiguo, lo compartimos con otras muchas formas de vida, que incluyen no sólo a otros animales sino incluso a las bacterias. Si comparamos las secuencias del gen en humanos y en bacterias encontraremos regiones que no han variado en los últimos dos mil millones de años. Esto no se debe a que no hayan aparecido mutaciones en estas regiones durante esta inmensidad de tiempo, sino que todos y cada uno de los infortunados portadores de esas mutaciones pagaron el precio. Durante dos mil millones de años cada humano, cada gato, cada hongo, cada bacteria que tuvo la desgracia de tener una mutación equivocada en las regiones clave de ese gen sufrió el mismo destino que todavía hoy pagan los niños afectados. La selección natural es inmisericorde, es capaz de acumular diseño, pero su crueldad es inabarcable: más de dos mil millones de años de muertes para mantener una proteína implicada en el control de la concentración del hierro en la célula. Un diseñador con una inteligencia mínima podría habernos ahorrado una cantidad inmensa de sufrimiento.

Daniel Dennett, uno de los filósofos actuales más conocidos, en La peligrosa idea de Darwin, una obra dedicada a analizar las implicaciones filosóficas de la evolución, propuso una clasificación de los seres vivos en función de su tipo de aprendizaje30 .31 En esta clasificación definió a los seres darwinianos como aquellos que nacen con las habilidades que la selección natural ha acumulado en sus genes, pero son incapaces de aprender nada más durante sus vidas.32 Un virus es un ejemplo de ser darwiniano puro. Todo el conocimiento que alberga sobre sus huéspedes ha sido acumulado por la selección.

Como acabamos de comentar, la limitación de este tipo de aprendizaje radica en su lentitud. El genoma acumula conocimiento, pero lo hace a una velocidad glacial. Un individuo concreto tendrá una estrategia particular para resolver un problema, la que le dicte su genética, pero si esa estrategia falla, continuará dándose cabezazos contra la pared hasta el final de los tiempos sin que se plantee hacer las cosas de otro modo.

1.5 La experiencia es más eficiente

Dennett propone en su clasificación un segundo tipo de seres, los skinnerianos. Estos son mucho más versátiles puesto que nacen con una habilidad muy especial, son capaces de ajustar su comportamiento en función de la experiencia acumulada a lo largo de sus vidas.33 Se diferencian de los darwinianos en que, cuando se enfrenten a una situación por segunda vez, tienen en cuenta el resultado de sus acciones en el pasado. Los skinnerianos disponen de un repertorio de posibles respuestas ante un problema y de entre éstas seleccionan una. Si la respuesta funciona tenderán a repetirla, si falla procurarán evitarla. Este aprendizaje les permite extraer información del entorno para mejorar su eficacia durante el tiempo que duran sus vidas.

La mayor parte de los seres vivos del planeta, incluso algunos de apariencia muy humilde, son skinnerianos. La liebre de mar, Aplysia, es un molusco que se utiliza como modelo en el estudio del aprendizaje. Aplysia no se caracteriza por su extraordinaria inteligencia, sino por todo lo contrario, tiene un sistema neuronal muy limitado. Pero a pesar de su simplicidad es capaz de aprender. La novedad en Aplysia, y en el resto de seres skinnerianos, es que la selección natural ha creado en estos organismos un mecanismo capaz de aprender de sus aciertos y de sus errores algo que los darwinianos no podían hacer. Es decir, el material genético de Aplysia no sólo posee información sobre cómo es el mundo, sino que, además, incluye información sobre cómo aprender sobre el mundo.

Antes de continuar me gustaría aclarar un detalle de la clasificación propuesta por Dennett que podría inducir a confusión, las distintas categorías no son excluyentes. No debe pensarse que los darwinianos aprenden nuevas habilidades mediante selección natural, pero el resto no, esto sería un error. Los skinnerianos, así como todos los que describiremos a continuación, también evolucionan por selección natural.

Tampoco debemos pensar que la ventaja conferida por la versatilidad del comportamiento de los seres skinnerianos hace que todos los seres darwinanos queden obsoletos. Esa versatilidad tiene un coste. Aplysia está obligada a construir durante su desarrollo, y a mantener a lo largo de su vida, un mecanismo de aprendizaje y esto conlleva un gasto de energía. El precio a pagar no es insignificante y esta complejidad sólo puede permitirse si los beneficios son suficientes. En un mundo con recursos limitados una estrategia más frugal también puede ser ventajosa. Aplysia ha elegido, o mejor dicho, la selección natural ha elegido por ella, invertir parte de los recursos disponibles en crear un sistema neuronal capaz de aprender. Esos recursos ya no podrán invertirse en la reproducción y mientras que Aplysia se lo piensa los darwinianos se multiplican. Desde nuestra perspectiva cefalocéntrica podría parecernos que la evolución debería apostar siempre por la inteligencia, pero eso no es así. Ten muchos hijos y muere idiota es una alternativa válida en muchos nichos ecológicos. De hecho, la inmensa mayoría de seres vivos del planeta son unicelulares y, por lo tanto, carecen de sistema nervioso.

La capacidad de aprendizaje de los skinnerianos es de una gran utilidad y casi todos los animales la utilizamos, pero no es una panacea. Imaginemos que un animal skinneriano se enfrenta al reto de cruzar una carretera. La clave está en cómo decidir cuándo cruzar con seguridad. La estrategia del skinneriano es cruzar varias veces y aprender de la experiencia. No es difícil imaginar que el encuentro con el primer camión limitará severamente el éxito de esta estrategia. El precio de una equivocación puede ser fatal. Sin embargo, los pollos hacen algo mucho más sofisticado: miran antes de cruzar. El pollo crea dentro de su cabeza un modelo de la carretera y del camión y puede representar en este teatro mental el resultado de sus acciones antes de llevarlas a cabo. A estas criaturas Dennett las denomina popperianas porque son capaces de pretestear sus comportamientos pudiendo hacer que “mueran sus hipótesis en vez de ellos.”34 El skinneriano hace pruebas y pregunta al universo por el resultado, el popperiano puede preguntar por el resultado al mapa del universo que tiene dentro de su cabeza. El filósofo Willard Van Orman Quine también propuso que la evolución debe de haber hecho que nuestros sistemas cognitivos reflejen la estructura del mundo externo porque creer en algo cierto confiere un mayor éxito reproductivo que creer en algo falso.35

Pero, de nuevo, debemos tener en cuenta los costes asociados. Estos mapas, estas representaciones, requieren una gran capacidad cognitiva. Los informáticos que trabajan en inteligencia artificial han aprendido que diseñar inteligencias capaces de cruzar carreteras es mucho más complicado que hacer ordenadores que ganen al ajedrez. En el caso de sistemas neuronales algo más complejos es aún más fácil apreciar la magnitud de estos costes. El cerebro humano requiere el 20% de la energía que consumimos, a pesar de que representa sólo un 2% de nuestra masa.36

Por otro lado, no debemos asumir que los modelos mentales del popperiano han de ser completamente fieles en todos sus detalles, de hecho, tal cosa es imposible, tan sólo deben parecerse lo suficiente a la realidad como para que los ensayos que se lleven a cabo en ellos tiendan a dar unos resultados lo suficientemente buenos como para compensar el coste de haberlos construido. Los sistemas de creación de representaciones del entorno estarán adaptados a nuestras necesidades y limitados por su coste. El pollo no necesita saber cómo funciona el motor del coche, sólo requiere saber que hay un objeto de un cierto tamaño que viene a una cierta velocidad e imaginar el resultado de cruzarse en su camino. Por otro lado, los seres humanos no vemos en infrarrojo o en ultravioleta ni detectamos átomos. Si un sistema es demasiado costoso comparado con el beneficio obtenido la selección lo descartará. La selección no favorece la aparición de seres perfectos, sino de seres capaces de sobrevivir y, además, dado que la perfección es demasiado cara acabamos obteniendo seres que son un poco mejores que sus vecinos, pero no mucho más. Como comentaremos al hablar sobre ciencia moderna, la ciencia, en muchas ocasiones procede de un modo análogo, crea modelos simplificados del mundo externo. Por ejemplo, Galileo nos pidió que al evaluar su física olvidásemos el rozamiento. A este camino lo denominaremos aproximación de la vaca esférica.

Por último, Dennett propone incluir a los seres humanos en una nueva categoría, la de los seres gregorianos. Además de aprender de la experiencia somos capaces de hacer algo muy poderoso, transmitir lo que hemos aprendido. Los pollos y los gatos aprenden durante sus vidas, pero cuando mueren la siguiente generación tiene que volver a empezar, su conocimiento no se acumula.37 Cada pollo debe aprender las mismas cosas por sí mismo cometiendo los mismos errores que otros pollos han cometido en el pasado. Aprender es caro y aprovechar la experiencia de los demás puede ahorrarnos muchos disgustos. Disponer del conocimiento acumulado por los que nos precedieron es un modo muy económico de obtener conocimiento, por eso tenemos escuelas.

El único ejemplo de organismos fuertemente gregorianos que conocemos en el universo somos nosotros, los seres humanos, y la herramienta clave es el lenguaje. El lenguaje nos permite transmitir y reutilizar el conocimiento. Además, los seres humanos no sólo utilizamos el lenguaje, sino que lo hacemos con fruición. El documentalista David Attenborough nos describió como comunicadores compulsivos. Los seres humanos adoramos las palabras, las historias y los cuentos. Si quieres enganchar a un gato dale de comer, si quieres que un humano te ame: cuéntale cuentos. Nuestra forma de entender el mundo y de transmitir ese entendimiento está profundamente entrelazada con las historias que nos hemos venido contando desde que, durante las largas noches, nos acurrucábamos con nuestro clan junto a la hoguera para guarnecernos del frío.

Además, a lo largo del tiempo, hemos creado tecnologías que nos permiten compartir nuestras ideas cada vez con más individuos y esto ha tenido una gran repercusión, tanto en la cantidad de información disponible como en la estructura de nuestras sociedades. La escritura nació junto a la civilización. La civilización es impensable sin letras y números. Más tarde, la invención de la imprenta de Gutenberg se asoció a la transición de la Edad Media a la Moderna y sin la participación de los medios de comunicación masivos, la radio y la televisión, sería difícil entender el siglo XX, del mismo modo que el XXI no puede comprenderse sin la irrupción de internet.

1.6 Evolución cultural

La comunicación cambia radicalmente las reglas del juego, el lenguaje no es sólo una herramienta poderosa, crea un nuevo territorio en el que aparecen nuevos fenómenos. Richard Dawkins en El gen egoísta introdujo el concepto de meme: las ideas se copian de cerebro en cerebro. Estas ideas pueden surgir por una diversidad de mecanismos: pueden aparecer por errores en la transmisión, como en el juego infantil del teléfono loco, por modificación deliberada, como la que hace un ingeniero al cambiar un diseño, o por la creación de una mentira interesada. Para un ser social las mentiras son un arma más.

En cualquier caso, tenemos variación heredable, ideas que se copian de mente en mente, y tasas de transmisión diferenciales, los ingredientes básicos de los procesos evolutivos. Las tecnologías, por ejemplo la forja de los metales, han evolucionado. Solemos pensar en la tecnología en función de sus manifestaciones materiales, por ejemplo, una espada de acero es un objeto tecnológico, pero una tecnología es, ante todo, un conjunto de ideas sobre cómo modificar el mundo material o social. Estas ideas a medida que van siendo transmitidas de mente en mente pueden ir acumulando cambios seleccionables. Un herrero transmite su conocimiento a su aprendiz y éste, a su vez, lo transmitirá a su aprendiz cuando, con el tiempo, se convierta en maestro. Pero puede que antes de hacerlo, durante su largo oficio, haga algún pequeño cambio, un cambio que en el futuro podrá tener éxito o no.

Para que exista selección lo único que se requiere es reproducción diferencial entre las distintas versiones y ésta puede darse sin que las modificaciones seleccionadas tengan utilidad alguna para los humanos que las transmiten, puede que algunas historias se transmitan mejor que otras, simplemente, por ser más llamativas o más memorables. En este caso nuestras mentes pasan a ser el universo en el que medrarán unas ideas u otras. Dennett ha propuesto que las religiones evolucionan y que las ideas que las forman pueden seleccionarse incluso aunque no sean beneficiosas para los seres humanos, tan sólo deben estar especialmente bien adaptadas a transmitirse entre las mentes que las albergan.38

Sin embargo, por muy relevante que sea el parecido entre la evolución de los memes y la de los genes no debemos forzar la analogía y concluir que el cambio cultural es idéntico al biológico. Nuestros cerebros pueden modificar las ideas deliberadamente. Pueden, además, con mucha facilidad, mezclar ideas. Hace 35.000 años en el valle del río Lone en Alemania alguien unió las ideas de humano y de león y esculpió un humano con cabeza de león.39 El nacimiento de esta idea no se lo debemos a mutaciones aleatorias, sino a la capacidad que tiene nuestra mente de jugar con las representaciones que alberga sobre el mundo. Al parecer hace 35.000 años ya éramos capaces de jugar con el pensamiento abstracto.

Sin embargo, aunque la creación de esta idea es bastante diferente del proceso evolutivo que hemos descrito, su supervivencia probablemente sí se la debemos a un proceso de selección. Al escultor la fusión de lo humano y de lo animal debió de parecerle lo bastante atractiva como para dedicarle el gran esfuerzo que supuso esculpirla en marfil con las limitadas herramientas disponibles en el paleolítico. Mucho tiempo después seguimos haciendo lo mismo, este texto que estoy escribiendo es el resultado de fusionar ideas provenientes de cientos de pensadores.

1.7 Metacognición: aprendiendo sobre aprender

Finalmente, Dennett propuso un último tipo de seres, las criaturas científicas. Estos organismos, a diferencia de los gregorianos, pueden reflexionar sobre los propios métodos de aprendizaje y esto les permite crear nuevos, sofisticados y sistemáticos métodos de adquisición de conocimiento. No se trata simplemente de acumular ideas, sino de aprender a evaluar los métodos de creación de estas ideas en función de su éxito. Además, estos seres pueden aplicar estos métodos sistemáticamente creando de este modo poderosas herramientas lógicas, matemáticas y observacionales.

Sin embargo, estas capacidades no son innatas, nacemos gregorianos, pero sólo con esfuerzo podemos llegar a convertirnos en científicos. Mientras no consigamos grabarlas en nuestro genoma, cada generación estará obligada a aprender de nuevo estas metodologías, estas formas de razonar. Los mecanismos cognitivos que operan por defecto en nuestra mente nos definen como meros comunicadores compulsivos susceptibles de caer bajo el influjo de ideas que no han sido cuestionadas, pero con esfuerzo podemos llegar a razonar sistemáticamente tomando el control de qué ideas merecen ser tomadas en serio y cuáles deben ser desechadas. Para conseguirlo debemos adoptar y, si es posible mejorar, los métodos que durante generaciones los pensadores anteriores han ido puliendo, aquellos que han demostrado ser más eficientes a la hora de crear conocimiento sobre el mundo. Es este esfuerzo el que hace posible que un mono surgido hace apenas 200 000 años en la sabana, un instante para la evolución, sea capaz de soñar con el cosmos y es un esfuerzo que compartimos con una inmensa cadena de pensadores que nos une a los burócratas sumerios que inventaron la escritura, a Tales, a Aristóteles y Galileo.

1.8 Resumen

Tanto la vida como el conocimiento comparten una aparente paradoja: necesitan de una semilla. ¿Cómo es posible entonces comenzar el proceso de generación de conocimiento o de vida? La respuesta es la selección, la evolución por medio de la selección natural es capaz de crear, partiendo de sistemas no biológicos, organismos capaces de disponer de suficiente información sobre el mundo como para poder explotarlo con éxito. La selección incorpora en el genoma de los organismos, aunque sea de un modo implícito, información sobre la estructura del mundo externo y esto le ha permitido, incluso, crear no sólo los primeros saberes, sino los primeros mecanismos de aprendizaje.

La selección no requiere de ninguna inteligencia, funciona, simplemente, porque el mundo externo elige aquellos organismos que se desenvuelven mejor. Si existe una forma de comprobar distintos candidatos a conocimiento podremos aprender. Como veremos, los filósofos de la ciencia distinguen entre descubrimiento y justificación. En la evolución biológica el descubrimiento es azaroso, pero la justificación de ese conocimiento es implacable, o funciona y se conserva o no funciona y se elimina. La limitación de este mecanismo de acumulación de conocimiento reside en su ineficiencia, pero la propia evolución implementó una alternativa, organismos que podían aprender, adaptar su comportamiento al entorno, durante el corto periodo de sus vidas, e incluso dio con seres aún más eficientes aún, capaces de aprender utilizando modelos mentales del mundo que les rodeaba y de transmitir lo aprendido.