19 Ágoras, cortes y bazares

Los positivistas lógicos, y muchos científicos, pensaban, o todavía piensan, que en ciencia sólo importan las evidencias y la lógica, pero esta es una posición que es necesario matizar.1179 Hemos visto que la inducción presenta limitaciones fundamentales, que la observación depende, hasta cierto punto, de nuestro punto de vista y que no existe un algoritmo único para la ciencia: ni para elegir entre hipótesis, ni mucho menos, para generarlas. Todo esto implica que, aunque es posible generar conocimiento, la eficiencia del proceso dependerá, en gran medida, de los investigadores. Dado que la ciencia es un arte que exige oficio, hemos de reconocer que, al menos en parte, estamos a merced de los artesanos que lo practican y que analizar los factores psicológicos y sociológicos que influyen en la generación de conocimiento es importante.

19.1 Analicemos las comunidades

Los filósofos, tradicionalmente, han centrado sus reflexiones en las fortalezas y las limitaciones de la lógica y el empirismo, pero habían ignorado el estudio de las comunidades que son las que, en última instancia, hacen la ciencia.1180 Fue Kuhn quien situó los aspectos sociológicos en el centro de la discusión y esto propició un gran desarrollo de la sociología de la ciencia durante la segunda mitad del siglo XX.1181

Las aproximaciones filosóficas, sociológicas e históricas deberían ser complementarias. Mientras que la filosofía trata de analizar cuestiones tales como qué es el conocimiento y cómo debe justificarse, la sociología y la historia estudian cómo se genera ese conocimiento en la práctica. Los sociólogos tratan de analizar cómo la estructura social de la comunidad influye en el proceso de generación de conocimiento, o, al menos, esa es la teoría, puesto que, en la práctica, muchos sociólogos concedieron tanta importancia al estudio de los factores sociales, que llegaron a concluir que estos eran los únicos relevantes. Esta es una idea típicamente constructivista y completamente opuesta a las tesis positivistas que asumían que las conclusiones científicas dependían exclusivamente de la lógica y de las observaciones empíricas.

En cualquier caso, lo que resulta evidente es que, si el proceso de generación de conocimiento depende de las comunidades, resulta crítico estudiar los valores, los incentivos y la estructura de esas comunidades.

19.2 Prescripciones morales

El sociólogo de la ciencia Robert K. Merton (1910-2003), en los años 40, describió los valores que, según él, deberían regir las comunidades científicas: comunismo (comunalism), universalismo, escepticismo organizado y desinterés.1182

Comunismo: los resultados de las investigaciones científicas deben ser colectivos y los derechos de propiedad intelectual habrían de ser muy limitados.1183 Esta prescripción no es demasiado sorprendente, al fin y al cabo, comunidad, etimológicamente, no significa otra cosa que poner en común. Por ejemplo, esta fue, como ya hemos comentado, una de las principales diferencias entre la alquimia, que era profundamente privada y amante del secreto, y la química moderna, que era completamente abierta.1184

Al lector poco familiarizado con los entresijos de la ciencia actual puede que esta recomendación de Merton no le llame demasiado la atención: por supuesto que el objetivo es de generar conocimiento público y libre. Sin embargo, supongo que a la mayoría de los científicos les parecerá, en el mejor de los casos, un ideal a seguir y, en el peor, una prescripción profundamente ingenua.

En primer lugar, hay que reconocer que hoy en día una gran parte de la investigación aplicada es llevada a cabo por empresas privadas1185 que sólo verán con buenos ojos la difusión de aquellos resultados que no puedan ser utilizados por su competencia para generar ventajas estratégicas. En realidad, esto no es demasiado sorprendente, al fin y al cabo, la generación de conocimiento es cara y es normal que los actores privados traten de convertir esa inversión en ventajas competitivas guardando o protegiendo los resultados de sus investigaciones. Sin embargo, hay un segundo aspecto mucho más llamativo, actualmente la protección legal de los resultados financiados con dinero público también está fuertemente incentivada. Para los centros de investigación públicos esta privatización del conocimiento se ha convertido en una fuente adicional de ingresos que puede ser utilizada para cubrir una parte de sus gastos. Muchas veces me pregunto por cuál sería la opinión de los ciudadanos, que están sufragando mediante sus impuestos el grueso del coste de la generación de esos resultados, si fuesen conscientes de la prevalencia de esta tendencia.

Un ejemplo actual de este fenómeno lo constituyen las guerras legales CRISPR en las que se hayan inmersas varias universidades estadounidenses. Se asume que CRISPR será una herramienta importante en genética y que las patentes relacionadas con esta tecnología podrían generar enormes dividendos, por lo que estas universidades pretenden convencer a la judicatura de que dieron el paso definitivo en un proceso de investigación que, al fin y al cabo, es comunitario, complejo y que abarcó muchos laboratorios repartidos por todo el mundo.

La siguiente de las prescripciones de Merton es el universalismo: las ideas deben ser juzgadas independientemente del origen, sexo, religión o cualquier otra condición de su proponente.1186 El conocimiento ha de ser impersonal y universal, no puede existir una ciencia cristiana y otra atea o negra o blanca. Nuestros modelos sobre el mundo externo son conocimiento o no lo son dependiendo de la medida en la que se corresponden con ese mundo, no de nuestra perspectiva. Las bolitas caen por los planos inclinados tal y como describió Galileo o no lo hacen y esto puede ser evaluado independientemente de si Galileo era blanco o negro, hombre o mujer, barbudo o lampiño o calvo o melenudo. Para juzgar la bondad de la cinemática galileana tan sólo necesitamos un plano inclinado, una bolita, un instrumento de medida y conocimiento matemático.

Esta es una característica fundamental, aunque también es cierto que hemos de reconocer que no todas las ideas generadas por las comunidades científicas son tan independientes de los factores sociales ni pueden ser evaluadas con la misma sencillez. Sería un error enorme creer que todas las propuestas etiquetadas como científicas gozan del valor epistémico de la cinemática del pisano. Como iremos viendo a lo largo de este capítulo y del próximo, algunos resultados científicos sí dependen fuertemente de factores psicológicos y sociales y, por lo tanto, podrían no ser tan universales.

19.3 El ágora

La tercera de las recomendaciones de Merton puede que sea la más importante: el escepticismo organizado. Este es un valor socrático compartido por todas las comunidades filosóficas clásicas más relevantes. Recordemos las palabras atribuidas a Aristóteles: mi maestro es mi amigo, pero la verdad me es más querida. Casi todos los pensadores que han reflexionado sobre la generación del conocimiento han concluido que esta es la cuestión clave. John Stuart Mill, por ejemplo, escribió que la mejor ciencia resulta de la crítica comunitaria.1187 En primer lugar, el científico debe ejercer la autocrítica y, en segundo, ha de entablar un diálogo racional con los demás para tratar de superar sus propias limitaciones.

Tal vez, lo más relevante no es que la ciencia consiga avanzar, sino que lo haga a pesar de las limitaciones intelectuales de sus practicantes. Recordemos que no hace tanto que los antepasados de Galileo o Newton todavía eran supersticiosos cazadores-recolectores.1188 El diálogo racional es, precisamente, la herramienta más efectiva para superar las limitaciones cognitivas que tenemos seres humanos tenemos. Gracias a este diálogo conseguimos alcanzar conocimiento objetivo,1189 o, al menos, intersubjetivo, sobre arcanos aspectos del cosmos.

Para referirse a esta idea algunos autores hablan de crítica racional, de comunidades críticas o, como Merton, de escepticismo organizado. Es importante recordar que cuando recomendamos crítica racional no estamos pidiendo que se critique a los demás, sino que tratemos de criticar nuestras propias ideas, y las de los demás, para encontrar sus debilidades. El objetivo no es denigrar a los demás, sino avanzar juntos. Como alternativa podríamos utilizar el término discusión racional, sin embargo, yo prefiero diálogo racional ya que “diálogo” no implica enfrentamiento, como sí lo hace “crítica”, o desconfianza, como podría hacerlo “escepticismo”. Aunque es cierto que la crítica y el escepticismo son necesarios, lo son, antes contra nuestras creencias que contra las de los demás. Además, lo fundamental es que el diálogo sea racional, así que carece de sentido criticar sin aportar argumentos sólidos. Tan sólo tendríamos que plantear una crítica cuando ésta sea justificada.

El pensador racional no ha de criticar con el ánimo de denigrar, sino con el de progresar en la búsqueda común de lo racional.1190 Sin embargo, este no es el sentido habitual del término “crítica”. En una discusión racional, a diferencia de en un debate común, los contrincantes no tienen por objeto ganar la contienda, sino construir colectivamente la posición más racional posible utilizando los mejores argumentos expuestos durante el diálogo. Si en algún momento nos sorprendemos a nosotros mismos buscando formas de desacreditar al rival habremos de recapacitar puesto que estaremos alejándonos de la racionalidad.

Los científicos, como el resto de los humanos, nos equivocamos continuamente, por lo que debemos agradecer el esfuerzo que hacen nuestros críticos racionales en pos de aliviar nuestros errores. Esto, por supuesto, no implica que todas las puntualizaciones que nos planteen nuestros críticos vayan a ser meritorias; en algunos casos puede que seamos nosotros quienes tengamos razón. Además, tampoco estamos obligados a prestar atención a la opinión de cualquier crítico; nuestro tiempo es limitado y, por desgracia, es demasiado común encontrar personas que no se han esforzado lo suficiente por conocer el fenómeno estudiado y por ser autocríticas.

Por otro lado, a pesar de que existe un espectro continuo entre el escéptico razonable y el negacionista, es importante distinguirlos.1191 El crítico razonable mostrará una buena disposición a resolver la diferencia de opinión1192 y aceptará que su conocimiento es incompleto, mientras que el negacionista suele tener una confianza absoluta en sus posiciones1193 por lo que ninguna evidencia le hará cambiar de opinión.1194

En ciencia es la comunidad la que progresa, pero no hemos de pensar que todas las comunidades acumularán conocimiento al mismo ritmo. Frente al ejemplo del ágora podríamos plantear el de la catedral. Los grandes teólogos dedicaron un gran esfuerzo a reflexionar sobre sus posiciones y, aun así, durante siglos siguieron discutiendo sobre banalidades, como el modo en el que se combinan las tres personas divinas en la Santísima Trinidad. ¿Cómo es posible que pensadores tan rigurosos y excelsos como Tomás de Aquino dedicasen una gran parte de su precioso tiempo a reflexionar sobre cuestiones equivalentes al tono preciso que tendrá la iridiscencia de la cola del gran Poni Rosa? Para que una comunidad avance eficientemente en el estudio de cualquier cuestión, es muy importante que se comprometa con el diálogo racional.1195 Las comunidades deberían fomentar el diálogo racional como el modo principal de cambiar sus ideas, pero, por desgracia, no todas lo hacen.1196

Además, la actitud individual del científico tiene que ser la de optar por la integridad intelectual radical y esto implica, entre otras cosas, la autocrítica. Richard Feynman recomendaba que la exposición de los resultados e hipótesis debía siempre acompañarse de sus limitaciones. Por ejemplo, si una teoría es capaz de explicar la mayoría de las evidencias, esto debería contarse, pero, también, habría que enumerar que otros datos la contradicen.1197 Platón, que estaba comprometido con esta actitud, siempre acompañaba sus propuestas de la lista de problemas que no había conseguido solventar. Tal era su grado de autocrítica que en la actualidad los filósofos todavía discuten si el gran filósofo defendía realmente una metafísica platónica. Platón no estaba interesado en tener razón, sino en avanzar el conocimiento filosófico y esto lo convierte, independientemente de que sus conclusiones tentativas hayan sido descartadas o no, en una de las referencias fundamentales tanto para los filósofos, como para sus discípulos más interesados por el estudio del mundo natural, los científicos.

Entre los científicos también hay grandes ejemplos de esta actitud. Darwin en El origen de las especies incluyó dos capítulos completos dedicados a explicar los problemas de su propia teoría: Dificultades de la teoría y Objeciones a la teoría de la selección natural. Este, claro está, no es el modo en el que solemos funcionar los seres humanos en general. Ni tampoco los científicos que, en muchos casos, lo que tratamos de conseguir en nuestros artículos es publicitar nuestras ideas para que sean aceptadas por la comunidad. La autocrítica racional es una virtud a la que aspirar, no un comportamiento natural en los seres humanos, por lo tanto, la comunidad debería reconocer e incentivar el esfuerzo por la autocrítica y castigar la propaganda.1198

En cualquier caso, hemos de recordar que, aunque nos esforcemos por ser autocríticos, lo máximo a lo que podemos aspirar es a pulir nuestras ideas utilizando nuestros propios filtros internos, que siempre serán mucho más limitados que los disponibles en la comunidad en su conjunto. Por este motivo, una vez que hayamos examinado nuestras propuestas con rigor tenemos el deber de exponerlas al escrutinio público, no sólo esperando que sean aceptadas, sino con la esperanza de que alguien realice críticas justificadas de las que podamos aprender.1199

En las comunidades científicas existen mecanismos institucionales que tratan de favorecer la discusión racional. Tal vez el más famoso de ellos sea la revisión por pares. En principio, un grupo de expertos revisa los artículos científicos antes de que se publiquen. Es común escuchar que esta revisión es la clave del avance científico. Sin embargo, casi cualquier científico os dirá que el proceso es menos glamuroso de lo que suele pensarse. Creo que lo único que puede esperarse de la revisión por pares es que consiga purgar los errores más llamativos, por lo que no debemos asignar a los artículos revisados un marchamo especial que los acredite como verdades científicas. Incluso me atrevería a decir que, en muchos casos, los revisores llegan incluso a empeorar el manuscrito original puesto que hacen críticas inmerecidas que los autores aceptan para no disgustar a quienes pueden decidir si su trabajo ha de ser aceptado. Además, es muy importante recordar que lo que se publica, por muy revisado que esté, no tiene por qué ser cierto ni haber alcanzado nada parecido a la verdad; la publicación en una revista sólo es un paso más en el proceso de evaluación comunitaria.

En la actualidad el proceso de publicación científica, que llevaba tiempo sin sufrir cambios sustantivos, está inmerso en una transformación muy rápida. La realidad es que actualmente la mayoría de los artículos se hacen públicos en servidores de pre-publicaciones como ArXiv antes de ser revisados. Más tarde, algunos de ellos, esperemos que los más meritorios, son revisados y publicados por revistas más o menos tradicionales. Lo bueno de este nuevo sistema es que permite a los científicos del área disponer de esos resultados antes de ser publicados oficialmente por las revistas, que suelen tardar meses en revisar y aceptar los artículos.

Voy a dar un ejemplo que puede ilustrar algunas deficiencias del sistema de revisión por pares. Heng Li es unos de los investigadores más destacados en mi área de trabajo, la bioinformática relacionada con la genómica. Según la Wikipedia dos de sus artículos, el de las SAMtools y el del mapeador BWA han sido citados más de 16.000 veces.1200 En 2013 Li envió el manuscrito Aligning sequence reads, clone sequences and assembly contigs with BWA-MEM a la revista Bioinformatics. La revista, siguiendo el procedimiento clásico, lo remitió a tres revisores expertos y, tras recibir las respuestas, Li entró en cólera. El cabreo de los autores tras recibir las revisiones es bastante habitual, pero no es tan común que el investigador haga pública su opinión al respecto1201 y mucho más extraño aún es que decida no publicar el artículo. Según Li el primer revisor aceptó al artículo proponiendo un par de pequeños cambios. Esto, en el gremio, se interpreta como una palmadita en la espalda. El segundo revisor, también según Li, cometió errores elementales en su revisión y, además, fue completamente hostil. Esto, por desgracia, es bastante habitual, hay que tener en cuenta que las comunidades científicas, como todas las demás, están llenas de pequeñas y grandes rencillas personales, que el proceso de revisión suele ser anónimo, por lo que es una gran oportunidad de clavar un puñal por la espalda, y que, además, el revisor puede que no sea especialmente brillante. Por último, el tercer revisor intentó que Li incluyese en su artículo una comparación con otra herramienta que, según Li, era muy inferior. No conozco el motivo de esta sugerencia, pero también es bastante común que los revisores traten de influir en el autor del trabajo revisado para que incluya referencias a artículos previos del propio revisor. Además, Li reconoce haberse sentido especialmente molesto al leer que un revisor le acusaba de deshonestidad científica. No sé si este tipo de acusaciones son normales, pero a mí un revisor me acusó de plagio y cuando le pedí que me indicase qué parte había copiado cambió su discurso y me acusó de no saber inglés. A pesar de la gravedad del asunto, la falsa acusación no tuvo consecuencias puesto que el revisor era anónimo y el editor de la revista lo dejó pasar sin más. Heng Li, sin embargo, decidió hacer algo inaudito, hizo pública su opinión sobre el desastre, renunció a publicar el artículo y recomendó que se citase la copia que había subido originalmente al servidor de pre-publicaciones.1202 Hay que tener en cuenta que, en ese momento, Li ya era una de las figuras más importantes del campo, por lo que tener una publicación más o menos no era tan crítico para su carrera. Supongo que el editor de Bioinformatics debió pasar una temporada debajo de una piedra para recuperarse del incidente; BWA-MEM acabó convirtiéndose en una herramienta fundamental y ha sido citado, según Google Scholar más de 3500 veces. Espero que esta anécdota le sirva al lector para hacerse una idea de cómo suele funcionar en la práctica la, a veces mitificada, revisión por pares.

Últimamente, para evitar estas situaciones, hay revistas que han adoptado la política de hacer públicos tanto los nombres de los revisores como las propias revisiones. Aunque esta forma de proceder tiene ventajas, tampoco está exenta de problemas. Yo he hecho revisiones públicas y, en esos casos, eres muy consciente de que incluso una crítica honesta y justificada puede cabrear a alguien que, en algún momento, puede que tenga poder de decisión sobre el destino de tus artículos o de tu financiación.

Pero dejemos la revisión por pares para mencionar otro mecanismo de crítica mucho más informal y menos conocido, pero que es común en algunos grupos de investigación y que me llamó poderosamente la atención cuando empecé mi carrera: el journal club. La idea es hacer reuniones regulares para comentar y criticar los trabajos más relevantes publicados recientemente. El objetivo es entrenar el espíritu crítico buscando las limitaciones de los mejores artículos. ¿Os imagináis cómo debe de ser dar un seminario exponiendo tu trabajo a un grupo de personas que se reúne regularmente para buscar las limitaciones de las mejores investigaciones del área? Platón se sentiría orgulloso.

19.4 Búsqueda de conocimiento y prestigio

Comentemos ahora la última de las recomendaciones de Merton, el desinterés. Es innegable que uno de los objetivos de los científicos es la búsqueda del conocimiento.1203 Henry Cavendish, el físico y químico del XVIII que pesó la Tierra y averiguó la composición del agua y del aire, es uno de mis investigadores favoritos. Como misántropo que era no parece que Cavendish estuviese muy interesado por mejorar su posición en la comunidad y, además, tampoco parece que le preocupasen las posibles aplicaciones prácticas de sus investigaciones, de hecho, ni siquiera se molestó en publicar la mayoría de sus descubrimientos. Su motivación parece haber sido, únicamente, el estudio de los fenómenos que le fascinaban. El neurólogo Oliver Sacks propuso que este interés puro, tal vez, estuviese relacionado con que Cavendish fuese autista.1204 Aunque, es necesario recordar que, dado que el trastorno fue etiquetado por Asperger por primera vez en 1938, habría sido imposible diagnosticar a Cavendish con esta condición. (Por cierto, si no has leído nada de Sacks, estás de enhorabuena porque tienes la oportunidad de descubrir a un autor fabuloso).

El amor por la investigación también está relacionado con la pasión que los trabajos creativos inspiran en muchas personas. El proceso de creación es, para muchos, uno de los pilares de su realización personal. Merton alababa este desinterés y recomendaba que los investigadores no tuviesen como objetivo obtener beneficios personales o medrar en la comunidad;1205 aunque, como era de esperar, también reconocía que la mayoría de los científicos no son Cavendish y que no pueden comprenderse las dinámicas de las comunidades científicas sin asumir que hay otras motivaciones mucho menos elevadas en juego, especialmente la búsqueda del prestigio.1206 Al fin y al cabo, las comunidades científicas están compuestas por mamíferos sociales y entre éstos Cavendish es una excepción.

El filósofo de la ciencia Philip Kitcher habla de investigadores epistémicamente puros, es decir, motivados únicamente por la pasión del conocimiento1207 y de científicos más o menos impuros ya que, además de estar interesados por la búsqueda del conocimiento, también persiguen el prestigio personal.

Para un mamífero social la reputación es un bien preciado y haremos bien en recordar que los investigadores están jugándose, en todo momento, su posición dentro de la comunidad y que, además, son muy conscientes de que su carrera depende de ello. Hay algunos científicos, muy pocos, más cercanos al ejemplo de Cavendish, a otros les motiva, principalmente, el prestigio, y la mayoría se encuentra en una posición intermedia.

Si en algún momento quieres cabrear a un científico dile que su posición entre los firmantes de uno de sus artículos fue inmerecida. Ojo, no te atrevas a sugerir que no mereció haberlo firmado; si lo haces te expones a ser asesinado en el acto. Para muchos científicos hay pocas cosas más importantes que el orden de firma en los artículos. Para que se entienda por qué esto es tan relevante, tal vez deba explicar que implica el orden de firma. Los artículos, en la mayoría de los casos, son fruto de la colaboración de varios investigadores y, cuando se publican, la contribución de todos ellos se reconoce gracias a su firma. Además, y esto es muy importante, el orden de esas firmas no es casual, está estrictamente regulado en la comunidad. Habitualmente, el primer firmante es el que más trabajo experimental ha hecho y el último el que ha dirigido el trabajo. Las discusiones por ocupar estos dos puestos suelen ser causa de monumentales peleas y de enemistades que se recuerdan durante décadas. Como muestra de la importancia que se les atribuye a estas firmas mencionaré una anécdota reciente. Un compañero y yo decidimos no firmar una publicación en la que habíamos participado porque no estábamos de acuerdo ni con la metodología empleada ni con algunas de sus conclusiones. Esto debería ser aceptado con normalidad en una comunidad académica, pero en el Instituto se nos llegó a decir que era una extravagancia no firmar un artículo que iba a publicarse en una revista prestigiosa simplemente por no estar de acuerdo con el resultado.

En todo caso, incluso para los científicos menos interesados por su reputación, ésta conlleva unas implicaciones fundamentales. De tu reputación dependerán tu carrera profesional, tu financiación, y, por lo tanto, la viabilidad de tu investigación y la estabilidad del personal de tu laboratorio, así como la atención que te dedique el resto de la comunidad.

Desde un punto de vista epistemológico la preocupación por el prestigio, en principio, no tendría por qué ser relevante, pero el problema surge porque hay una tensión clara entre la preocupación por la posición social y el rigor intelectual. Interesarse por el prestigio no tendría por qué ser problemático, pero convertir esta motivación en el objetivo principal sí lo es.1208 Los incentivos asociados con el prestigio presionan en favor de la rebaja del nivel de rigor y autocrítica y del aumento de la autopromoción y la propaganda. La tentación de olvidar el ejemplo de Platón o Darwin es enorme en entornos muy competitivos. Además, a esta presión por publicar hemos de añadirle unas evaluaciones de las carreras científicas que, en muchos casos, son muy superficiales y que incentivan la publicación de trabajos apresurados y de mala calidad.1209

19.5 Cortes y traiciones

Entre los mamíferos sociales una forma prácticamente segura de comprometer tu posición jerárquica es molestar a tus pares o a tus superiores. Basándonos en nuestros instintos sociales los seres humanos hemos creado complejas estructuras como familias, clanes, grupos de amigos, tribus, naciones o comunidades científicas.

Entre los escépticos actuales, que se caracterizan por su defensa de la racionalidad, suele decirse que las ideas han de ser criticadas sin atacar a la persona que las defiende. Esta, al menos, es la teoría, en la práctica los humanos solemos interpretar los ataques a nuestras ideas como ofensas personales, especialmente si las creencias cuestionadas nos son muy queridas o forman parte de nuestra identidad.

El diálogo racional entraña crítica y, por lo tanto, en cierto modo traición. La palabra traición se originó a partir de la latina traditio (entrega, transmisión). Traición, por lo tanto, hace referencia a la entrega de algún bien o ventaja al otro bando, al enemigo. El crítico está dando argumentos a los rivales y, por lo tanto, está traicionando al grupo. Lo de la integridad intelectual radical puede quedar muy bien como lema para una camiseta, recordemos, “mi maestro es mi amigo, pero la verdad me es más querida”, pero lo cierto es que los atenienses no se tomaron demasiado bien el continuo cuestionamiento al que los sometió Sócrates.

Por lo tanto, curiosa comunidad es aquella que pretende construirse sobre el fomento de la traición. Un ilustrado podría aducir que cuando un amigo ayuda a otro a salir de su error no lo está traicionando, sino todo lo contrario, pero eso no es tan fácil de digerir para un mamífero social jerárquico. Reconozcámoslo, incluso Kirk, en el siglo XXIII, tenía que hacer un acopio continuo de paciencia para aguantar a Spock.

Tengo la impresión de que los científicos estamos más acostumbrados a la crítica que otros profesionales y creo que esto suele causarme problemas con mis conocidos. Cuando estoy con mis amigos o mi familia, por ejemplo, tiendo a aplicar la actitud de crítica desapasionada, pero implacable, que cultivamos en nuestro laboratorio y eso no siempre es bienvenido por todo el mundo. Supongo que quienes me rodean deben de hacer un esfuerzo por aguantarme, aunque, aun así, al final, algunos acaban perdiendo la paciencia.

Sin embargo, tampoco hemos de pensar que los científicos somos seres ultrarracionales que disfrutamos siendo criticados. Yo todavía siento una punzada en mi orgullo cada vez que un colega señala un fallo en uno de mis trabajos. Es posible que un investigador concreto pueda llegar a acostumbrarse a la crítica en mayor o menor grado, pero eso no implica que no le duela emocionalmente.

Además, recordemos que en las comunidades científicas hay mucho más en juego que las emociones de los investigadores. La aceptación de tus artículos, tu presencia en congresos relevantes y la financiación de tu laboratorio dependen, en un grado muy importante, de tu prestigio en la comunidad, y criticar severamente a tus compañeros, incluso de forma justificada y con la mejor de las intenciones, no es el modo más directo de trabajar en favor de ese prestigio. Es mucho más sencillo llegar a ser querido esforzándote por ser agradable, por ejemplo, sonriendo y adulando en las pausas para el café de los congresos, que haciendo críticas demoledoras, especialmente si las críticas se dirigen a investigadores muy relevantes en el área.

Me atrevería a afirmar que, en mi área y supongo que en otras, hay numerosos científicos que disfrutan de carreras, más o menos mediocres, gracias a su buen hacer durante esas pausas para el café.

Tengo la impresión de que el nivel de crítica en las comunidades científicas en las que me he movido ha ido descendiendo a lo largo del tiempo. En los últimos años he llegado a escuchar afirmaciones claramente pseudocientíficas, por ejemplo, sobre los alimentos funcionales o sobre la agricultura ecológica, en congresos relevantes y estas afirmaciones no han sido cuestionadas por nadie, ni siquiera por mí que estaba presente y profundamente molesto. ¿Por qué no dije nada? Porque incluso yo, que soy casi un paria social, tengo inhibiciones psicológicas a la hora de iniciar una discusión delante de 400 expertos que han preferido callarse. Pero cuando en un congreso científico ni siquiera se critica la pseudociencia o, lo que todavía es peor, cuando se promociona, algo muy negativo está sucediendo.

Creo que este descenso del nivel de crítica se debe a que los investigadores son plenamente conscientes de que criticar genera enemigos. Últimamente cuando reflexiono sobre las comunidades científicas lo que me viene a la mente no es un grupo de pensadores racionales discutiendo en el ágora a la sombra de la estoa, sino, más bien, un conjunto de serviles cortesanos peleándose por migajas de poder en las cortes de los reyes absolutistas. Las necesidades de mantener la carrera profesional y la financiación promueven el favoritismo y las distorsiones ideológicas.1210

Los modos en los que afecta al científico su posición en la jerarquía comunitaria son muy variados y permean por completo su quehacer cotidiano. Por un lado, la cantidad de atención disponible en una comunidad es limitada, se publica muchísimo más de lo que puede leerse y en los congresos sólo unos pocos pueden ser oídos. Esto hace que estar a buenas con los editores de las revistas más prestigiosas y con los organizadores de los congresos más relevantes sea vital para el desarrollo de una carrera científica. Las ideas deberían ser atendidas en función de su valía, pero, en la práctica, tu posición en la comunidad tiene una gran influencia en las decisiones relativas a las publicaciones.

Y lo que es aún más importante, la decisión sobre cómo se distribuye la financiación depende, en una medida sustancial, de la posición en la comunidad y esto inhibe la crítica puesto que nadie quiere enemistarse con quien, en el futuro, pueda decidir sobre tu financiación. Un aliado o un buen contacto pueden facilitar la financiación, son capaces de propiciar una firma en un artículo importante o una revisión tolerante de uno de tus manuscritos. Mientras que una discusión, por muy racional que uno intente ser, te expone a futuras represalias.

Criticar tiene un coste y aunque, en teoría, los científicos tengamos el deber de agradecer la crítica racional, los humanos no solemos ser tan ecuánimes, especialmente cuando nuestras carreras están en juego. El escritor socialista estadounidense Upton Sinclair dijo una vez: “Es difícil hacer que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. Yo, en bastantes ocasiones, me he enfrentado en mi carrera al dilema de criticar una actitud o una hipótesis sostenida por un científico muy relevante en la comunidad y he sido perfectamente consciente de que eso iba a tener un efecto negativo en mi carrera.

Además, dada la enorme presión por publicar, seguir el ejemplo de Platón y Darwin y exponer las limitaciones de tu investigación, aunque es un deber deontológico, en la práctica, está desincentivado. Un artículo que expone sus propias debilidades tiene menos posibilidades de ser aceptado que un trabajo que sólo enumere las virtudes de los resultados descritos. Reto a cualquier científico a revisar el último número de la revista más importante en su área y contar cuántos artículos siguen el ejemplo platónico. Cuando la autocrítica entra en conflicto con la financiación, la tentación de no escribir esos párrafos críticos es difícil de ignorar.

Hace poco un grupo de jóvenes investigadores me invitó a dar una charla en un congreso para doctorandos. Les expliqué que a lo largo de su carrera se enfrentarían a una tensión continua entre la integridad intelectual y la tentación de la mala ciencia y les detallé algunos de los mecanismos técnicos, como, por ejemplo, el p-hacking, que iban a utilizar, casi sin darse cuenta, para sesgar la balanza en favor de la mala ciencia. Después de la charla muchos me comentaron que era la primera vez que alguien les hablaba sobre este problema y que por fin entendían la discrepancia que habían detectado entre lo que se les explicaba que debían hacer, por ejemplo, en los cursos de estadística, y lo que se les pedía que hiciesen para poder presentar sus tesis doctorales con un número suficiente de publicaciones. Aunque todos me dijeron estar muy agradecidos por la reflexión compartida, me pregunto en qué medida les influyó.

Una de las consecuencias de estos incentivos perversos es que muchas instituciones científicas se comportan más como publicistas que como intelectuales rigurosos, están más cerca del ejemplo de P. T. Barnum, el empresario circense, que de Platón. La tentación de maquillar un resultado para que sea más llamativo no es desdeñable y, además, la psicología humana típica está diseñada para que consideremos que nuestro desempeño es superior al real. Recordemos que la mayoría de los conductores creen conducir mejor que la mayoría de los conductores, algo que es, obviamente, imposible. Es decir, no sólo estamos incentivados para exagerar nuestros resultados, sino que estamos diseñados para hacerlo.

Uno de los efectos de la inhibición de la crítica y del fomento de la autopromoción es la publicación de trabajos mediocres o defectuosos. Creo que en ciencia también es aplicable la ley de Sturgeon: el 90% de lo que se genera en cualquier área es basura.

A pesar de esto, seguramente engañar al resto de expertos no sea tan fácil, pero cuando se trata de comunicar los resultados al público general muchas de las oficinas de prensa de los centros de investigación parecen compartir la máxima atribuida a Barnum: “Cada minuto nace un idiota”. Yo me crie con Sagan, pero hoy en día cuando leo las noticias científicas en los medios de comunicación generalistas, dado el nivel de exageración, parto de la posición de que mucho es, cuanto menos, engañoso. En divulgación, confío en muy pocas fuentes.

La generación de conocimiento y la sociedad en su conjunto tienen unas relaciones cada vez más complejas. Por ejemplo, los organismos financiadores, normalmente, eligen qué temas deben ser investigados. Está claro que quien paga debería beneficiarse de los resultados de la investigación y esto suele traducirse en que los organismos financiadores tienen una gran influencia en el abanico de temas a investigar. Esto, hasta cierto punto, no sólo es aceptable, sino deseable. Es normal que un organismo tenga la capacidad de decidir si le interesan más el cáncer, las energías no contaminantes o el comportamiento sexual de los camarones. Los valores sociales deben ser tenidos en consideración, especialmente cuando los financiadores son los contribuyentes.1211 Sin embargo, esto conlleva un problema, el público general no es experto y puede decidir que se investigue sobre alguna cuestión que no le beneficiará. Por ejemplo, en mi área los organismos europeos y locales financian la agricultura pseudoecológica, una agricultura que sabemos que tiene un mayor impacto ecológico que la agricultura convencional, puesto que requiere más tierra, y que, además no puede alimentar a la humanidad puesto que renuncia al uso de fertilizantes de síntesis química. Esta es una conclusión admitida por la mayor parte de los expertos. Sin embargo, las instituciones públicas financian la investigación de esta vía absurda con la esperanza de estar favoreciendo el medioambiente, algo que sabemos que no está sucediendo.

Los científicos deberían comportarse con independencia de los organismos financiadores, pero la tentación de renunciar a la integridad intelectual a cambio de un puesto de trabajo o de una financiación que permita continuar con tus investigaciones es evidente. Esto conlleva un efecto adicional, muchos expertos temiendo que la crítica pública a ideas socialmente aceptadas, como la agricultura pseudoecológica, vaya a acabar con su financiación deciden callarse. Incluso, quienes son conscientes de que este no es el camino correcto para reducir el gran impacto ecológico de la agricultura, deciden bajar la cabeza y callarse para poder seguir pagando al personal de su laboratorio.

El científico tiene el deber de criticar las ideas equivocadas sostenidas por la sociedad en la que está inmerso.1212 Sin embargo, cuando este deber entra en conflicto con la financiación, la tentación de traicionar el espíritu socrático y de convertirse en un sofista es grande. Todos somos conscientes de que morder la mano de quien te da de comer tiene consecuencias desagradables. Esto es, por supuesto, una traición, no sólo al rigor intelectual, sino al propio público que confía en la integridad de los investigadores. Además, el deber de los científicos no es equiparable al de otros miembros de la sociedad, dados nuestro papel ejemplar y la confianza que se deposita en nosotros, nuestra responsabilidad es mucho mayor.1213

Algo similar sucede cuando es la industria la que paga la investigación, los estudios resultantes suelen tener un sesgo hacia los resultados favorables.1214 Este es un efecto esperable, pero inaceptable; una vez obtenida la financiación las únicas cuestiones relevantes deberían ser las epistémicas.1215

En todo caso, a pesar de que creo que estos problemas existen, no me gustaría que el lector se quedase con la idea de que las comunidades científicas están completamente podridas. Sí, pienso que la inhibición a la crítica es un problema serio, pero, al mismo tiempo, opino que, aunque la estructura y los incentivos presentes en las comunidades científicas en las que he participado podrían mejorarse, también hay que reconocer los aspectos positivos, como el reconocimiento de la excelencia intelectual. Tan sólo quiero hacer notar que, por desgracia, el grado de excelencia científica no es la única fuerza que opera en estas comunidades.

19.5.1 Tradición

Otro de los sesgos principales a los que se enfrenta el investigador racional es el excesivo respeto a la tradición. Es curioso que traición y tradición compartan etimología. La traición hace referencia a las entregas al enemigo, la tradición honra lo que nuestros predecesores nos entregaron.

El respeto a la tradición no tiene por qué ser negativo; mientras no dispongamos de evidencias adicionales seguir la tradición es una idea excelente; al fin y al cabo, si algo funcionó bien en el pasado, y no tenemos motivos para dudar de ello, es posible que siga funcionando ahora.

Las comunidades científicas suelen ser bastante conservadoras y está bien que lo sean. Ya hemos comentado previamente que, en este aspecto, Kuhn estuvo mucho más acertado que Popper. Mientras el primero sostenía que los científicos durante las épocas de ciencia normal funcionan asumiendo unas teorías como ciertas, el segundo abogaba por la crítica continua mediante la falsación.

La tradición sólo se convierte en un problema cuando nos impide evaluar los nuevos datos con justicia. Por ejemplo, en el siglo XIX asumir que la tradición newtoniana era la mejor forma de describir el movimiento de los planetas era racional, pero habría sido irracional negar en el siglo XX que la teoría relativista era empíricamente más fuerte, que era capaz de explicar más fenómenos, y que, además, las evidencias que podían distinguir ambas propuestas favorecían a la segunda.

No creo que las comunidades científicas actuales suelan respetar la tradición en exceso. Es cierto que los científicos suelen ser muy conservadores, pero no suelen estar enamorados del pasado. Los problemas aparecen cuando en una comunidad se exige más respeto a la tradición que a las evidencias. Esto es común, por ejemplo, en las comunidades religiosas.

19.6 Los problemas de Goodhart

Dado que en las comunidades científicas existen dinámicas sociales que dificultan la generación del conocimiento, el estudio de las mismas, en un mundo ideal, debería conducir al desarrollo de un conjunto de incentivos capaz de favorecer las mejores actitudes. Los incentivos influyen en el comportamiento de los individuos y esto, a su vez, debe de afectar a la eficiencia del proceso de generación de conocimiento. Es muy posible que haya conjuntos de incentivos mejores que otros y, además, es evidente que hay incentivos perversos, por lo tanto, sería importante implementar incentivos que promuevan la discusión racional. Además, dado que nuestra naturaleza social tiende a interpretar la crítica como una traición, creo que siempre será necesario favorecer incentivos que promuevan activamente la defensa de la discusión racional. Puede que la clave consista en establecer incentivos que alineen los intereses individuales de los investigadores con los objetivos epistémicos.

El problema es que no es fácil definir cuáles habrían de ser estos incentivos ya que las consecuencias que pueda llegar a tener un incentivo concreto no tienen por qué corresponderse con nuestra intención inicial. Es habitual que, en una organización compleja, ya sea esta una entidad pública o una gran empresa, el objetivo que guio la implantación de unos incentivos y el resultado conseguido finalmente no estén completamente alineados.1216

Por ejemplo, un modo habitual de establecer incentivos que no sucumban fácilmente a la influencia de los individuos más poderosos es establecer objetivos basados en variables mensurables y cuantitativas. Estos indicadores suelen medir resultados deseables de un modo más o menos objetivo y se convierten en objetivos para los miembros de la organización.1217 Por ejemplo, un gestor puede tratar de mejorar la calidad de los resultados científicos exigiendo que se consideren índices bibliométricos cuantificables cuando se contrata a un investigador. Suelen medirse, por ejemplo, el número de artículos que publican los investigadores y el número de citas que reciben. El problema es que estos incentivos bienintencionados generan algunos resultados perversos ya que promueven que los investigadores se aprovechen de los resquicios del sistema publicando numerosos artículos de mala calidad que, además, tratarán de vender como si fuesen maravillosos. Este es un problema recogido por el principio de Goodhart: cuando una medida se convierte en un objetivo, deja de ser una buena medida.1218 Una vez que se recompensa un indicador concreto, la gente suele encontrar el modo de aumentar esta medida, independientemente de que mejore lo que se pretendía originalmente. Por desgracia la distorsión y la corrupción son habituales cuando los indicadores cuantitativos se convierten en objetivos.

Dados estos problemas, algunos investigadores proponen sustituir en las evaluaciones de las carreras científicas las medidas objetivas por el criterio de un comité de expertos del área. En mi opinión, esto sería todavía más problemático; no quiero imaginarme qué sucedería en un sistema completamente endogámico y trufado de redes clientelares, como el de la universidad española, si no hubiese medidas cuantitativas.

19.7 El ideal del ágora

A pesar de estos problemas, puede que las comunidades científicas, junto con algunas filosóficas, sean las agrupaciones humanas más cercanas al ideal representado por las ágoras que construyeron Platón y Aristóteles. Los científicos discutimos muchísimo. Conviene recordar que convencer a la comunidad de la validez de una crítica a una teoría establecida es una forma excelente de incrementar el prestigio científico. Además, los científicos somos muy dados a embarcarnos en discusiones bizantinas sobre los detalles más nimios. Por ejemplo, la cuestión del tamaño de los tomates mesoamericanos neolíticos ha llegado a suscitar en mi entorno enemistades personales.

Sin embargo, a pesar de que esto es cierto, también es importante recordar que hay presiones que desincentivan la crítica y que las comunidades que valoran la discusión racional son excepciones que debemos cuidar. Ojalá amar más a la verdad que al grupo fuese fácil, pero no lo es. Alice Dreger se pregunta en Galileo’s middle finger si podremos rescatar nuestras comunidades de los incentivos perversos de las publicaciones, las notas de prensa y la financiación y yo comparto su preocupación.1219

Esta discusión sobre los incentivos me parece relevante puesto que creo que el grado en el que el diálogo racional es bienvenido en una comunidad está muy relacionado con la eficiencia en la generación del conocimiento. Cuanto más racionales seamos más conocimiento generaremos. En el extremo opuesto, una comunidad rendida por completo a la humana tendencia del respeto al superior jerárquico correrá el riesgo de terminar adorando al Gran Poni Rosa y, como en la serie de Chernobyl, negando haber visto grafito a pesar de que el reactor a explotado.

En cualquier caso, es fundamental defender y promocionar, tanto dentro de las comunidades científicas, como en la sociedad en general, el valor del diálogo racional, el ejemplo del ágora. De hecho, tal vez esta sea la aportación más valiosa que la ciencia pueda hacer a la sociedad.1220 Es cierto que es más fácil vender un móvil de última generación que transmitir el gusto por el diálogo racional, pero la sociedad en su conjunto tendría que tomar a las comunidades científicas como ejemplo1221 y éstas, a su vez, habrían de tomarse muy en serio su papel ejemplar.

El científico debería asumir su compromiso con las evidencias empíricas y la lógica. De hecho, esto es, simplemente, lo que se espera de un verdadero intelectual.1222 Por supuesto, sería ingenuo ignorar que parte de este compromiso implica asumir las consecuencias que pueda conllevar la autocrítica y la crítica racional, tanto dentro de la comunidad científica, como en la sociedad en su conjunto, pero cualquier investigador que no se rija por estos principios no es más que un impostor y un sofista que está aprovechándose del prestigio social de la ciencia para medrar.

Feynman, para describir a los compañeros que optan por traicionar el código deontológico, echaba mano de la imagen de los cultos del cargo (cargo cult ).1223 Los cultos del cargo, o del cargamento, aparecieron en Nueva Guinea después de la segunda guerra mundial. Algunas de las personas que vivían allí nunca habían tenido contacto con el mundo tecnológicamente desarrollado y, de repente, durante un tiempo, vieron como máquinas aparentemente mágicas, los aviones del ejército, traían cargamentos maravillosos a sus islas. Un día, tan súbitamente como habían aparecido, esas máquinas y sus cargamentos desaparecieron y algunas de estas gentes desarrollaron la idea de que creando pistas de aterrizaje, torres de control y aviones hechos de ramas, cuerdas y hojas podrían invocar la vuelta de John Frum, el profeta de la nueva religión, y sus cargamentos mágicos. Los creyentes en los cultos del cargo se esfuerzan por construir estructuras muy similares a las que habían visto durante la guerra, pero falla la esencia, los aviones de madera no vuelan, el cargamento no llega y John Frum no vuelve.

Feynman pensaba que muchos científicos miden y hacen cálculos, pero que carecen de lo esencial, el compromiso con el rigor y la integridad intelectual. El problema es que estos científicos de medio pelo, estos sofistas, sí tienen la capacidad de confundir a la ciudadanía y que, incluso, en muchos casos, medran en las comunidades. Feynman sostenía que la integridad intelectual va incluso más allá que la honestidad, puesto que no se trata tan solo de ser honesto, de no robar y no engañar, sino de comprometerse con el esfuerzo de no engañarse a uno mismo.1224 No podemos librarnos por completo de nuestros sesgos, pero tenemos el deber de esforzarnos por minimizarlos.1225 La crítica y la autocrítica tendrán un coste social y profesional, pero evitarlas constituye una traición a nuestra integridad intelectual.

Nikolái Vavílov vaticinó que su compromiso con la nueva ciencia de la genética terminaría por llevarlo a la pira. Arderemos, dijo y, a pesar de ello, no se retractó. Tras años de tortura terminó muriendo de hambre en una cárcel comunista. Ardió tal y como había predicho, pero los que le escucharon crearon una agricultura capaz de alimentar a 7000 millones de personas y los soviéticos que lo quemaron tuvieron que comprar alimentos durante la guerra fría a sus enemigos. Aunque no creo en la justicia divina, ya que todo es más prosaico y terrenal, me consuelo pensando en los barcos llenos de grano que navegaban desde Estados Unidos a Rusia honrando, sin que casi nadie fuese consciente, la memoria de Nikolái.

19.8 El bazar

A estas alturas puede que el lector esté un tanto confuso. ¿Son los científicos superhéroes íntegros o falsos profetas? ¿Son capaces de generar las comunidades científicas algún conocimiento entre tanto incentivo perverso? Tratar estas cuestiones requerirá todavía algo más de espacio, pero, tal vez, sea útil introducir una nueva imagen: el bazar.

Eric S. Raymond, uno de los principales historiadores y sociólogos del movimiento del software de código abierto y de la cultura hacker, nos brindó esta ilustrativa imagen en su trabajo más famoso: La catedral y el bazar. En este ensayo analiza las dinámicas sociales de unos movimientos formados por desarrolladores independientes que, con una coordinación limitada, han creado las herramientas sobre las que funciona internet. Raymond compara esta comunidad con un bazar en el que la revisión del software se hace de un modo completamente descentralizado y un tanto anárquico.1226

Antes del desarrollo de Linux, que fue el primer sistema operativo que se creó siguiendo este modelo, la opinión generalizada era que para construir un software tan complejo se requería un diseño y un control centralizado muy cuidadoso por parte de un pequeño grupo de grandes ingenieros. Sin embargo, Linus Torvalds y su horda de voluntarios demostraron que del aparente caos del bazar podía surgir código elegante y funcional.1227 Este bazar representa muy bien a las comunidades científicas, cientos de individuos con diferentes motivaciones y capacidades que colaboran en un proyecto común proponiendo pequeños o grandes cambios que son aceptados o rechazados en función de sus resultados: los que mejoran el producto final se quedan y los que no, se eliminan. El software funciona o no funciona, los servidores web son capaces de responder a decenas de miles de peticiones por segundo o no, las librerías de cálculo científico pueden hacer inmensos cálculos matriciales con corrección o no.

El proceso, por supuesto, es complejo, pero Raymond condensó su esencia en lo que denominó ley de Linus: dado un número suficiente de ojos (de revisores) los errores se vuelven obvios.1228 Es en esta posibilidad de evaluar los problemas y las correcciones propuestas donde reside la clave de que el bazar sea capaz de generar un software tan maravilloso y yo creo que la analogía con el progreso científico es cercana. El proyecto avanzará, a pesar de las limitaciones impuestas por los intereses espurios de los científicos, mientras que sea sencillo testar empíricamente las nuevas propuestas; sin embargo, cuando la contrastación empírica sea difícil las dinámicas sociales internas tomarán más protagonismo.

En el modelo de desarrollo de Linux el software no se hace público tras someterse a un largo ciclo de pruebas que garantice su buen funcionamiento, sino todo lo contrario, se publica cuando todavía no se ha testado demasiado y se hace así para que sea la comunidad en su conjunto la que evalúe y mejore el resultado. De forma análoga, en ciencia lo crítico no es que los artículos que se publican sean correctos en todos sus detalles, sino que puedan ser evaluados por la comunidad. Cuando la evaluación empírica de las distintas propuestas es clara y sencilla, el progreso no sólo es posible, sino que el bullicio del bazar puede lograrlo incluso con más eficiencia que la cuidadosa planificación. Esta es una idea que tal vez Popper podría compartir, lo importante no es evitar que se publiquen hipótesis erróneas, sino que estas sean eliminadas sin piedad.1229

Cuando existe una forma intersubjetiva de decidir si un resultado concreto es más o menos correcto, incluso aunque la evaluación no sea perfecta, podemos avanzar. El desarrollo de Linux, la evolución tecnológica en la antigüedad o el progreso científico son en este sentido análogos.

Sin embargo, esto no exime al investigador de respetar sus obligaciones deontológicas y de, por lo tanto, comportarse con integridad. Recordemos que la eficiencia del proceso puede ser muy variable, no queremos esperar miles de años para desarrollar una nueva tecnología. Los aviones acabarán volando sobre los océanos, pero lo harán más rápidamente si los técnicos de Boeing se comportan con integridad. Es mucho mejor que el bazar esté compuesto por comerciantes honestos que por vendedores de humo.

19.9 Objetivismo y constructivismo

Una vez discutidos estos asuntos, tal vez, podamos entender mejor por qué al hablar sobre las observaciones y la elección entre hipótesis nos encontramos, por un lado, con los constructivistas radicales, que sostenían que las dinámicas sociales y los sesgos psicológicos son todo lo que importaba, y, por otro, con los objetivistas que defendían que la fuerza de las evidencias y la lógica eran suficientes para acabar venciendo. Es evidente que el objetivismo extremo es indefendible, las dinámicas internas son relevantes y esta relevancia depende tanto de la comunidad como del problema planteado.

Para los constructivistas las evidencias y la razón nunca pueden ser suficientes, las conclusiones siempre dependerán en gran medida de motivos irracionales y no del fenómeno investigado, siempre habrá aspectos importantes que dependerán de los humanos que están haciendo la investigación.1230 Kuhn, por ejemplo, puede interpretarse de este modo. Mi opinión es que el asunto es complejo y que depende de cada caso. ¿Creo que las dinámicas sociales tuvieron una influencia relevante en la forma final de las leyes de la cinética relativas a la caída de los cuerpos que Galileo desarrolló? No ¿Pondría la mano en el fuego para defender que las motivaciones psicológicas y sociales no han influido en algunos trabajos en genética de poblaciones de plantas, el área en la que trabajo? Ni borracho.

En sociología de la ciencia hay bastantes proponentes del programa fuerte: la ciencia es una mera construcción social y sus resultados dependen, fundamentalmente, de dinámicas comunitarias internas y no del mundo externo.1231 Volvemos al relato y al vudú.1232 Según estos constructivistas radicales la ciencia sería un fenómeno cultural que no tendría una relación especial con el conocimiento y los resultados científicos serían completamente contingentes. Dos sociedades distintas construirían propuestas científicas distintas, del mismo modo que construyen mitologías prácticamente independientes.1233 Los resultados científicos dependerían, simplemente, de la presión social, la retórica, la persuasión y la autoridad.1234 Esta conclusión, aplicada a la ciencia en su conjunto, es tan absurda que parece increíble que haya académicos serios que la defiendan. Sin embargo, Feyerabend propuso esta equivalencia entre el vudú y la ciencia. Aunque también es justo reconocer que la seriedad de Feyerabend es discutible. Otro constructivista, Harry Collins, también parece haber escrito que “el mundo natural tiene una influencia muy pequeña o inexistente en la construcción del conocimiento científico.1235 Me fascina que esta gente esté tan segura de sus reflexiones sobre el comportamiento científico y, sin embargo, dude tanto sobre las conclusiones de los propios científicos. Me pregunto si estarán tranquilos cuando compren su nuevo teléfono móvil.

Yo creo que hay áreas científicas más objetivas y otras más cercanas a las tesis constructivistas. Por ejemplo, si considerásemos la sociología como una rama científica, yo estaría dispuesto a admitir que las conclusiones de muchos de sus miembros dependen más de la retórica, la persuasión y la autoridad que de la realidad. ¿Cómo si no puede explicarse que, a pesar de los obvios éxitos tecnológicos, todavía haya que estar discutiendo sobre estas cuestiones en pleno siglo XXI? Sin embargo, esto no implica, en modo alguno, que todo lo que se hace en ciencia sea objetivo. Muchas de las conclusiones de los investigadores de algunas áreas tienen el mismo valor que el etéreo resplandor nacarado del cuerno del gran unicornio rosa. En mi área, la reconstrucción de la historia de las poblaciones, el rigor de muchos de los trabajos, incluso de los publicados en las mejores revistas, brilla por su ausencia y sus conclusiones algunos días me mueven a la risa y otros al llanto.

La influencia de las virtudes empíricas en la elección de las hipótesis depende críticamente de la fuerza de las evidencias y de la dificultad de conseguir nuevos datos. Sostener que la física de los planos inclinados no es objetiva es tan absurdo como defender que los científicos se comportarán siempre con una integridad intelectual absoluta. Sin embargo, cuando los investigadores discuten sobre el tamaño de los tomates mexicanos de hace tres milenios debemos ser mucho más prudentes. No digo que estas cuestiones sean necesariamente irresolubles. No quiero volver a caer en el error de Comte que, en 1842, escribió que jamás sería posible encontrar evidencias que nos permitiesen averiguar la composición química de las estrellas. No, lo que digo, simplemente, es que hay fenómenos sobre los que, en la actualidad, disponemos de evidencias muy pobres, como las relativas al tamaño de los tomates neolíticos mesoamericanos, mientras que, sobre otros, como el tamaño de los tomates valencianos actuales, disponemos de abundantes observaciones. Por lo tanto, las hipótesis relativas a los primeros serán mucho más susceptibles de ser influidas por factores sociales que las relativas a los segundos.

Por otro lado, hay cuestiones que tienen una estructura más compleja que otras: la física de los planos inclinados, por ejemplo, es mucho más sencilla que las reglas que rigen el desarrollo de la economía mundial. Cuando es fácil obtener evidencias, se está estudiando un problema con una estructura sencilla y los miembros de la comunidad se toman en serio su compromiso con la integridad intelectual, la obtención de conocimiento avanza con mucha más facilidad que cuando las cuestiones son complejas y existen importantes presiones sociales. Es indudable que el consenso científico refleja una gran cantidad de conocimiento y, por lo tanto, no es equiparable al vudú, pero, al mismo tiempo, creo que es importante que desterremos la idea de que todas las conclusiones que leemos en cualquier artículo científico son puramente racionales.

19.10 Resumen

En ciencia las evidencias y la lógica son fundamentales, pero no lo son todo: las observaciones están teñidas de teoría, la inducción es necesaria, pero implica un salto lógico inválido, la generación de hipótesis es bastante idiosincrática, en la elección entre hipótesis influyen, al menos en parte, motivos no epistémicos y, finalmente, no existe un método, un algoritmo, claramente codificado que nos permita juzgar objetivamente el desempeño de los investigadores. Todo esto hace que el buen oficio de los científicos sea un factor relevante en la empresa científica y que, por lo tanto, sea necesario considerar sus valores, así como los incentivos que moldean sus comunidades.

La crítica es un elemento fundamental del diálogo racional: tanto la autocrítica, como la búsqueda de la crítica de nuestros colegas a nuestras ideas son herramientas fundamentales para superar nuestras limitaciones cognitivas y, además, tenemos el deber de criticar las ideas de los demás. Pero la crítica conlleva un coste porque siempre implica una cierta traición y los seres humanos, como mamíferos sociales y jerárquicos que son, no tienen tendencia natural a tomársela bien. Incluso dentro de las comunidades científicas, que están más acostumbradas a la misma, el coste es notable. Una crítica puede dañar la posición de un investigador en la comunidad y es necesario recordar que de su prestigio dependen su carrera profesional, la financiación de sus investigaciones y la atención que le presta el resto de la comunidad.

Esta dependencia del prestigio hace que el científico esté tentado de renunciar a la autocrítica y a la búsqueda activa de la crítica comunitaria y pase a convertirse, de hecho, en un publicista.

Por otro lado, los expertos también tienen el deber de criticar las creencias erróneas relativas a su área que detecten en la sociedad en su conjunto. Sin embargo, como su financiación y carrera profesional dependen de instituciones íntimamente ligadas a la sociedad en la que viven estarán incentivados para convertirse en sofistas que, para no enemistarse con el poder, aplaudirán incluso las ideas que sabe erróneas o, al menos, optarán por callar.

De modo que existen incentivos opuestos al diálogo racional y a la crítica justificada que pueden alejar a las comunidades científicas del ideal del ágora racional acercándolas peligrosamente a cortes de propagandistas y cortesanos. Es importante reconocer que la construcción del ágora siempre implicará, al menos en cierta medida, una traición que puede dañar a los compañeros. Por lo tanto, las ágoras racionales son excepciones que debemos mimar y cultivar; es necesario buscar el modo de incentivar el diálogo racional compensando el desgaste que conlleva la crítica.

Sin embargo, tampoco es sencilla la tarea de diseñar buenos esquemas de incentivos. Los cuantitativos están sujetos al problema de Goodhart, cualquier medida que se utilice para evaluar el desempeño de un conjunto de personas estará en grave riesgo de ser manipulada, y, por otro lado, los juicios subjetivos son muy vulnerables a los favoritismos y a las enemistades.

También podemos pensar en las comunidades científicas, además de como en ágoras o cortes, como en bazares bulliciosos en los que se negocia con ideas. Habrá mejores y peores propuestas en el mercado, pero si disponemos de la capacidad de evaluarlas fácilmente frente al mundo externo, del ajetreo del bazar acabarán surgiendo mapas adecuados para el territorio. Sin embargo, cuando la contrastación empírica sea difícil, bien porque se carezca de evidencias, porque éstas estén muy cargadas de teoría o porque los sistemas estudiados sean complejos y no se presten a la predicción, habremos de ser especialmente cautos puesto que esta falta de contrastación externa puede hacer que tomen un gran protagonismo las dinámicas sociales internas: los favoritismos, las presiones sociales, la retórica o la autoridad. Cuando los factores internos predominen sobre los externos nuestros modelos puede que sean poco más que meras alucinaciones que dificulten la acción efectiva. Por eso hemos de exigir integridad radical a los investigadores; cuanto más epistémicamente puros sean, más resistentes a los factores internos, más probabilidades de éxito tendrán al afrontar el estudio de fenómenos difíciles.